Osvaldo Dallera

viernes, julio 08, 2016

Deslegitimación de la democracia y destrucción de la política

La distinción gobierno/oposición

 

En la actualidad el nombre que el sistema político se da a sí mismo es “democracia”. A partir de mediados del siglo XX la democracia se consolida como un sistema de gobierno funcional a la sociedad contemporánea en el que la política debe absorber la incertidumbre y la inestabilidad que generan otros sistemas sociales, principalmente, la economía, para que la sociedad no intente resolver esos problemas por afuera de la política y de manera incontrolada. En un plano más ilusorio que real, suele presentarse la democracia como la forma civilizada que hace posible la alternancia de gobierno/oposición en el ejercicio del poder sin apelación a la violencia.

En nuestro tiempo resulta imprescindible el reconocimiento de la diferencia gobierno/oposición como una de las distinciones de mayor relevancia, dentro del sistema político. Esa distinción puede verse como las dos caras de la misma moneda. No pueden escindirse ni prescindir una de la otra para que el sistema siga operando. El gobierno ocupa los cargos desde los cuales se toman las decisiones que vinculan colectivamente. La oposición parte de esas decisiones (o de sus omisiones) para sostener el sistema sobre todo criticando, exigiendo y dejando constancia que en el futuro si ellos fueran gobierno harían otra cosa. En otras palabras, la oposición (que prefiere ser gobierno) trabaja para la alternancia, y su estrategia consiste en sostener su tarea con promesas. Esto significa que de aquí en más administrar el poder para tomar decisiones debe hacerse en condiciones muy inestables y variables, que se explicitan en la diferencia capaz de darle cauce a posiciones controvertidas. Pero no sólo eso. Quienes están dispuestos a jugar el juego político en el campo de la democracia, o a representar la obra en este escenario (todo depende de la metáfora sobre la sociedad que uno escoja para explicar el fenómeno) preferirán ser gobierno, porque es de ese lado del esquema donde se decide. Cuando se ocupa el lugar de la oposición todo lo que puede hacerse es criticar, exigir correcciones, señalar “lo que falta hacer”, poner en entredicho las decisiones que toman los que están en el gobierno. Éstos, a su vez, no podrán perder de vista nada de lo que quede plasmado en los discursos de la oposición, porque para unos y otros la preferencia es siempre estar en el gobierno. De modo que el gobierno necesita de la oposición para administrar la contingencia. La realidad obliga a gobierno y oposición a acercarse para hacer lo que se puede y eso deja en evidencia que los cruces por diferencias entre unos y otros se reducen a la esgrima verbal que se practica en el campo discursivo. La democracia, en pocas palabras, se reduce a regular la amplitud de ese “campo de batalla sembrado de palabras” (otra metáfora posible) dejando ver cuánta capacidad tiene para tamizar los temas que sólo pueden discutirse.

 

Desencanto

 

A la luz de los resultados que produce, la relación gobierno/oposición conduce al desencanto de la población. Este desencanto se traduce en desconfianza hacia el sistema político en general, y la democracia en particular. La desconfianza hace que la legitimidad de origen de la democracia sea cuestionada. Según Rosanvallón (2009) la legitimidad de origen es una legitimidad procedimental y cuantitativa que está directamente asociada a la consolidación de la democracia a través del sufragio universal. En nuestro tiempo, esa legitimidad procedimental, la de mayoría, se ve afectada por la relativización y la desacralización del sentido de las elecciones. Por eso ahora esa legitimidad debe comple-mentarse con la legitimidad de las prácticas políticas de los actores del sistema (legitimidad de ejercicio), quedando para las elecciones una función de designación de los gobernantes, más que de legitimación. En este sentido, la legitimidad pasa a ser una conquista posterior al acto eleccionario, propia de otras conductas y prácticas políticas. En general, esas prácticas y conductas están asociadas a la transparencia, el respeto a los procedimientos, y a eso que, en conjunto, se conoce como buen gobierno o gobernanza2.

Por deficiencias propias de los gobiernos y oportunismo ajeno de las oposiciones la actividad política en las democracias contemporáneas exhibe una tendencia hacia la deslegitimación permanente de los gobiernos elegidos por mayoría. El proceso de deslegitimación es la resultante del aprovechamiento de la desconfianza de la población en las elecciones (Luhmann dice que, hoy en día, “las elecciones son un test de popularidad”) y los gobiernos, por parte de los políticos que integran el núcleo del sistema y los actores de la periferia, articulados, principalmente por los MMC. En conjunto estos actores contribuyen a deslegitimar la función del sistema político poniendo en riesgo su capacidad para tomar decisiones que vinculen colectivamente. Este proceso de deslegitimación se lleva a cabo a través de dos grandes canales de participación y comunicación política:

1. Producción de comunicación política negativaComunicación política negativa es aquella producida de manera deliberada por un conjunto de emisores organizados con la finalidad de desinformar, confundir y escandalizar a los receptores a los que van dirigidos sus mensajes. La comunicación negativa tiene una usina, dos grandes grupos de voceros, dos espacios de difusión bien definidos y dos beneficiarios que se excluyen mutuamente, pero son funcionales uno al otro. La usina de la comunicación negativa es el conjunto de factores de poder que construye estrategias discursivas (argumentos racionales y/o emocionales) que sostienen sus intereses sectoriales. Sus voceros son los periodistas y los políticos parlamentarios (en general, los legisladores). Los espacios sociales privilegiados donde se expresa la comunicación negativa son los medios de comunicación y el parlamento. Finalmente, los beneficiarios son indistintamente el gobierno y la oposición, según la dirección en la que se orienta la producción de esta comunicación.

No se puede terminar de comprender adecuadamente el proceso de deslegitimación del sistema político si no se capta en toda su dimensión el protagonismo del periodismo político de nuestra época, que se ha constituido en la versión moderna y secular de los oráculos antiguos, los monjes medievales y los maestros de la modernidad. En este sentido, Pierre Bourdieu (2004), glosando el famoso libro de Karl Kraus “contra los periodistas”, puntualizó algunos rasgos de este oficio que contribuyen a darle forma a la comunicación negativa.

Afirma, en primer término, que los periodistas se arrogan el monopolio de la objetivación pública. Esto significa que, si lo dicen ellos, entonces es cierto y las cosas, los hechos o las personas son como los periodistas dicen que son. En segundo lugar, constata el poder (y el abuso de poder) que el periodismo ejerce cotidianamente sobre nosotros, y eso debería servirnos como advertencia para ser precavidos ante sus especulaciones, conjeturas y afirmaciones. En tercer lugar, Bourdieu menciona cómo ejercen ese poder los periodistas, diariamente, a través de la divulgación masiva en los grandes medios, y lo hacen en el acto “de publicar o no publicar los hechos o los comentarios a ellos dirigidos (hablar de una manifestación o guardar en silencio, de dar cuenta de una conferencia de prensa o ignorarla, de dar cuenta de manera fiel o inexacta, o deformada, favorable o desfavorable), o hasta en desorden (a granel), por el hecho de poner los títulos o las leyendas, por el hecho de pegar etiquetas profesionales más o menos arbitrarias, por exceso o por omisión (podríamos hablar de los usos de la etiqueta de “filósofo”), por el hecho de constituir como un problema algo que no lo es, o la inversa. Pero pueden ir más allá, impunemente, respecto a personas, a sus acciones o a sus obras. Podemos decir sin exagerar, que tienen el monopolio de la difamación legítima”.  En cuarto lugar, pone en tela de juicio la moralidad o ética siempre presentes si no explícitamente, como telón de fondo de las notas o editoriales que escriben en los diarios o dicen en la radio o la televisión. En ese sentido, recuerda que Kraus “…tenía horror por las buenas causas y de aquellos que sacan provecho: es un signo, a mi juicio, de salud moral de estar furioso contra aquellos que firman peticiones simbólicamente rentables. Denuncia lo que la tradición llama el “fariseísmo”. Por eso, expone sus “…dudas sobre la deontología y sobre todas las formas de pseudocrítica periodística del periodismo, o televisiva sobre la televisión, que no son más que distintas maneras de hacer el audiómetro y de restaurar su buena conciencia, dejando todo en su lugar”.

Sin embargo, todo esto no es más que el resultado de la puesta en marcha de la comunicación negativa que el periodismo ejercita diariamente. Tal vez lo más significativo está en la forma como instrumentan ese valor de la comunicación. En líneas generales lo hacen recurriendo a la utilización de tres recursos que generan la misma cantidad de efectos y que, en conjunto definen la comunicación negativa:

Interpretar para desinformar. Cuando interpretan se produce un fenómeno curioso. Interpretan los hechos como lo haría cualquier persona (muchas veces, “para que la gente entienda”) pero, como lo hacen desde un lugar privilegiado en términos de emisión para la comunicación (el púlpito de los medios), sus interpretaciones se toman por (o se transforman en) contenidos informativos. Por lo general esas interpretaciones cuentan con escaso respaldo argumentativo o fáctico y eso hace que esa faceta informativa de la interpretación termine desinformando, sobre todo cuando se cruza con otras interpretaciones surgidas de la misma manera.

* Opinar para confundir. El resultado de cada interpretación periodística (que, como dijimos, tiene un peso social superior a cualquier interpretación que no circule por los medios), se transforma en una opinión autorizada que aumenta sus dimensiones a medida que luego se replica en otros medios y en otros programas en las que se confronta con las opiniones de otros periodistas o “expertos” que en pocos segundos nos explican su punto de vista de cualquier cosa (un choque, una explosión, un asesinato, el sentido de una ley, un eclipse, el reglamento de un deporte, o lo que sea). Se produce entonces en la audiencia o entre los lectores un efecto de saturación por exceso de opiniones. Ese exceso cuantitativo suele ser siempre defendido y exaltado como una expresión genuina de pluralidad de voces que fortalecen la democracia.

* Confrontar para escandalizar. Es posible que alguna vez algún maestro de periodistas les haya dicho que un buen periodista es aquel que hace preguntas incisivas, molestas, o que es capaz de poner en aprietos a su entrevistado confrontándolo con su propio “archivo”, con su pasado o con su rival, adversario, o contrincante de turno. Cuando uno ve o escucha esos “debates” que puede ser entre vedetes o políticos (si es que hay diferencia entre ellos) advierte de inmediato que la propuesta no apunta a llegar a alguna conclusión superadora de las diferencias sino a llenar un vacío mediático con el escándalo que surge de la confrontación. Los medios, en definitiva, se ha convertido en eso: un vacío que hay que llenar con lo que sea y el escándalo no es más que uno de los rellenos predilectos de los periodistas.

En pocas líneas Pierre Rosanvallón (2007: 112-113) nos sintetiza el rol político del periodista en nuestros días: El periodista “ya no es como en el pasado el modesto plumífero de letras o el servidor asalariado de los poderosos que le dan órdenes. Se impone como una figura política central, intocable y casi sagrada. Más aún se convierte en una verdadera institución”. Y, para completar su lectura, nos ilustra acerca de la función del periodista dentro del sistema político moderno: “Sin tener el derecho de elegir, busca dirigir las elecciones; sin tener el derecho de figurar en los cuerpos deliberantes, busca influenciar las deliberaciones; sin tener el derecho de participar en los consejos del soberano, busca provocar o prevenir los actos de gobierno. En una palabra, busca sustituir con su acción la de todos los poderes establecidos y legales, sin estar en realidad investido de un derecho propiamente dicho” (ob. cit. ,115).

Pero si algo le faltaba al periodismo para terminar de completar esta forma de construir comunicación negativa, aparecieron los comentarios de “la gente” en las notas de los diarios que leemos en Internet. Es probable que en nombre de la libertad de expresión, los comentarios y los comentaristas vinieron a unirse a los periodistas para terminar de darle forma a este nuevo valor de la comunicación.

En resumen, la comunicación negativa se sostiene en la interpretación que los periodistas hacen de los hechos, en las opiniones que ellos tienen sobre los acontecimientos y las personas, y en la construcción de confrontaciones (reales o inventadas) que sirven para mantener despierto el espíritu amodorrado de los lectores y las audiencias. Interpretar, opinar y confrontar son las prácticas más usuales de los periodistas que construyen comunicación negativa, y esas prácticas suponen una gradación de calidad en su puesta en acto (no es igual la calidad de la opinión de un editorialista avezado que la de un cronista; no es lo mismo que interprete los resultados de las encuestas –otra herramienta de la comunicación negativa- el conductor de un programa político, que lo haga un ciudadano común; no son equiparables las confrontaciones que nacen de la pluma de un jefe de redacción o del comentario de un conductor del panel, con las que provoca un notero en la calle, pidiéndole la opinión sobre su supuesto adversario, al entrevistado de ocasión).

El otro ámbito donde se genera comunicación negativa dentro del género político es el parlamento. Y, lógicamente, sus gestores son, sobre todo, los parlamentarios, pero, para decirlo más en general, cualquier político que ocupe un puesto por afuera de los cargos donde se toman decisiones. Ya hemos visto que la democracia moderna ha hecho del parlamento un lugar donde suceden dos cosas: por un lado, se cobijan quienes trabajan de políticos y tienen pocas o ninguna chance de ocupar cargos en los puestos de decisión que, por lo general, son los que se encuentran dentro del poder ejecutivo (desde el presidente y los gobernadores hasta los ministros), y ahora también, en el Poder Judicial. Por otra parte, el parlamento es el lugar en donde esas personas que van de un partido a otro con la doble finalidad de conservar su puesto de trabajo de políticos y de expresar las ideas de sus empleadores/anunciantes, hablan entre ellos haciendo ver que lo hacen en nombre del pueblo o de sus representados, pero en realidad sólo hablan para cumplir con su trabajo que, justamente, consiste en hablar y cobrar por eso. Para poder hacer su tarea lo que hacen es politizar algún tema (casi siempre instalado por la agenda mediática o por los movimientos sociales) para luego estar en condiciones de hablar sobre la cuestión.

Un pequeño grupo de ellos, además de hablar en el recinto y en las comisiones, va de un set televisivo a otro, y pasan de un micrófono de radio a otro.  Son los “parlamentarios mediáticos”. Ellos se encargan de llevar por los medios las opiniones de sus empleadores que casi siempre son empresas o corporaciones en nombre de las cuales hablan (en el parlamento y en los medios) intentando que no se explicite ese mandato. Son, en verdad, personas especiales. No tienen ningún empacho de pasar de un partido a otro o de una organización política a otra, con tal de conservar el trabajo. Saben que lo único que tienen que hacer es hablar y adecuar el discurso a las necesidades de sus empleadores de turno. Ningún partido puede prescindir de ellos, por eso es difícil encontrar algún político que no haya saltado de una organización partidaria a otra, pero también es difícil encontrar algún partido que no tenga o haya tenido entre sus filas a uno o más de estos mutantes.

Esta situación, que no es nueva, pero que se ha transparentado en esta época por la exposición que tienen tanto los políticos como las sesiones del parlamento gracias a la difusión que le dan los medios, ha hecho del parlamento un ambiente donde se genera comunicación negativa (o sea: desinforma, confunde y escandaliza) y ha hecho de ésa, una institución absolutamente desprestigiada. Tal vez una prueba de esto es que, a la población cuando va a votar, no le interesan ni las personas ni los nombres de los políticos que ocupan las listas por debajo de los parlamentarios o legisladores mediáticos.

Lenin recordaba textos de Marx en “la comuna de París” y señalaba que “...en cualquier país parlamentario, de Norteamérica a Suiza, de Francia a Inglaterra, Noruega, etc.: la verdadera labor “de Estado” se hace entre bastidores y la ejecutan los ministros, las oficinas, los Estados Mayores. En los parlamentos no se hace más que charlar, con la finalidad especial de embaucar al “vulgo”.

Pero mucho más cerca en el tiempo, Luhmann, un sociólogo insospechado de producir ideas radicales como las de Marx o Lenin, observó que “la politización de los temas no está enlazada de antemano a la solución racional de problemas... Los problemas se tratarán dando preferencia a aquellos problemas que no se pueden resolver (por ejemplo: creación de nuevas plazas de trabajo), sobre lo que es posible hablar sin que se sigan de allí mayores consecuencias. En este campo surgen talentos especiales que poseen habilidad de dar con estos problemas, de evitar su solución y de hacer que otros se ocupen de ello. Se llega así en sentido general a la hipocresía dado que se simula que con tan sólo buena voluntad se pueden solucionar los problemas”.

2. Formación de contrapoderes. La otra ruta que conduce a la deslegitimación es la que Pierre Rosanvallón (2007) denomina contrademocracia y que consiste en la formación y el avance de los contrapoderes. El fervor por la legitimidad de ejercicio desplaza o minimiza la importancia de la legitimidad de origen y, al mismo tiempo, impulsa la formación de contrapoderes. Los contrapoderes despliegan un conjunto de formas indirectas del ejercicio del poder que se activan en la periferia del sistema, cuestionan el funcionamiento de las instituciones y son más eficaces cuanto más las debilitan. Según este autor actúan como una fuerza material de resistencia práctica a los poderes legitimados sólo por el voto, y se constituyen en un problema, una sanción y un cuestionamiento a lo instituido. Los contrapoderes se manifiestan de manera permanente, sin restricciones y se presentan agrupados en tres grandes conjuntos:

Poderes de control. Los poderes de control se presentan en tres modalidades: Como vigilancia, como denuncia y como calificación. La vigilancia puede ser de dos tipos. Por un lado, la vigilancia cívica que es una vigilancia directamente política y se manifiesta por medio de intervenciones en la prensa o en asociaciones (por ejemplo, sindicatos o cámaras empresarias), haciendo huelgas o peticionando. La protesta y el llamado de atención son sus expresiones más eficaces. Por otro lado, la vigilancia de regulación que es indirecta y se caracteriza por ser evaluativa y crítica de los gobernantes. La vigilancia de regulación cumple una función de agenda, es decir, instala los temas que luego toman los medios y la opinión pública, para ser discutidos y debatidos socialmente. Estas dos prácticas se canalizan a través de encuestas, redacción de informes, publicaciones, etc., e Internet es uno de los medios privilegiados para su difusión. La denuncia se sostiene en la figura del escándalo y tal vez sea uno de los recursos más utilizados por los contrapoderes que, por medio de sus voceros, la utilizan para producir comunicación política negativa. También cumple una función de agenda y produce un triple efecto: de institución, de moralización (en el sentido de ausencia de transparencia), y de afectación de la reputación de los políticos y los gobernantes. Por último, la calificación es una especie de evaluación de las administraciones y la política que pretende documentar y argumentar técnica y cuantitativamente el desempeño y las acciones de los funcionarios. También, en este caso se vigila o se pone en juego la reputación, pero ya no de orden moral sino de orden técnico, de competencia o de idoneidad de los gobernantes.

Poderes de sanción y obstrucción. Estos poderes se organizan en coaliciones que, en conjunto, le dan forma a una soberanía social negativa, es decir un poder sustentado en la capacidad de impedir.  Según Rosanvallón no necesitan ser coherentes, y por eso son frágiles y volátiles (en nuestro país sobran los ejemplos de “alianzas” construidas para llevar adelante esos propósitos). Por lo general se expresan en el bando de la oposición y constituyen “una democracia de rechazo frente a una democracia de proyectos”. Mantienen una confrontación permanente de vetos e impugnaciones que provienen de grupos económicos, sociales y políticos, apoyados en una población siempre dispuesta a favorecer los obstáculos capaces de frenar las acciones de gobierno.

Poderes de enjuiciamiento y judicialización de la política. Se espera de los procesos judiciales lo que no se obtiene en las elecciones. La democracia del debate y la confrontación le deja su lugar a la democracia de imputación. Se impone el juicio como procedimiento de puesta a prueba de los comportamientos.  Es una especie de política de la política (metapolítica) considerada superior a las elecciones porque produce resultados más tangibles. La judicialización de la política no busca el ejercicio de la justicia distributiva o de mayor equidad sino una falsa justicia represiva, de sanción y estigmatización del sistema y de los políticos vistos como sospechosos y defraudadores voluntarios. Parece que se condena a las personas, pero se termina enjuiciando al sistema.

La apropiación ciudadana de los contrapoderes conduce a devaluar y disminuir el poder legal. Con estas prácticas y estas estrategias conducen a la deslegitimación de los gobiernos surgidos del voto popular y, con ello, contribuyen al desencanto democrático.  Al mismo tiempo debilitan la capacidad de la sociedad de entender la política como un proceso complejo que debe captarse y entenderse como una totalidad y no por episodios o eventos aislados e inconexos. Lo que los contrapoderes ganan en control, obstrucción, impugnación e imputación lo pierde la sociedad en visibilidad y en legibilidad del conjunto. Se presta demasiada atención a cada hecho, evento o episodio de la coyuntura política, económica, educativa o de cualquier otro ámbito, y se pierde de vista el carácter complejo, sistémico y estructural del funcionamiento democrático.

Según Rosanvallón cuando el ejercicio de estos poderes indirectos degenera, se instaura la antipolítica que no es otra cosa que la tendencia contemporánea a la disolución de lo político. La antipolítica es la consecuencia patológica del control, la obstrucción y la sospecha que termina en la estigmatización compulsiva y permanente de los gobernantes, hasta el punto de constituirlas en fuerza enemiga, radicalmente exterior a la sociedad. Concibe el poder como una máquina siniestra de conspirar y complotar. Es un verdadero problema contemporáneo, una patología de la política de nuestro tiempo, que acompaña el crecimiento de la democracia bajo la influencia de los contrapoderes. Se busca tanto la transparencia política que se termina abandonando la búsqueda de la construcción de un mundo común. Se está más atento a la moral y las cualidades de los políticos que a la búsqueda del bienestar o del interés general. En pocas palabras, la antipolítica es heredera de un estilo de ridiculización política ilustrado principalmente por la prensa y los MMC que asumen una perspectiva pesimista y desilusionada, a partir del ejercicio de la comunicación negativa, que no busca tanto cambiar el curso de las cosas como disminuir y abuchear a los funcionarios.

En simultáneo, el sistema pretende relegitimar la democracia (el dominio del pueblo) y el funcionamiento del núcleo interno del sistema político, es decir, la relación administración/población/política apelando a los valores. Dicho de manera más acotada, la proclamación de valores se utiliza como recurso para la legitimación de la democracia. Con la prédica de valores el sistema se hace inseguro e inestable porque a la hora de decidir tiene que optar por opciones concretas y, muchas veces, contrarias entre sí. Mientras los valores intentan legitimar el sistema, las decisiones ayudan a acrecentar las tensiones. En este contexto, para seguir actuando en política hay que incluir en los discursos y exposiciones, apelaciones a la paz, la libertad, el consenso, el diálogo, etc., sabiendo que los problemas que el entorno le plantea al sistema exigen otras fuentes donde abrevar y otros recursos para funcionar. Esta forma de legitimación es inconducente porque olvida la separación entre la forma que la política elige para adoptar soluciones y los problemas estructurales de la sociedad moderna que no guardan ninguna relación con esos valores. Al hablar de valores lo que se pretende ocultar es la autorreferencia de la política, el hecho objetivo de que la política y todos sus actores trabajan para sí mismos. Se prefiere que no se note que muchos de los valores que se usan para armar el discurso democrático de la política actual, muchas veces se contradicen entre sí (paz/justicia, libertad/igualdad). Pero no deja de ser un trabajo interesante de los políticos hablar siempre sobre valores porque lo que se sabe es que hablando no se decide. Para decirlo de otro modo, el sistema habla de valores pero gobierna tomando decisiones concretas. Cuando uno se da cuenta de todo esto advierte que la diferencia de programas entre partidos es una ficción con la que hay que contar para que el sistema político siga haciendo su trabajo y cumpliendo con su función, porque lo que no puede dejar de hacer es seguir tomando decisiones.

Por todo esto Luhmann sintetiza las razones del desencanto político en este fragmento: “en las elecciones los políticos tratarán de convencer al pueblo que los elija. Se dedicará mucha atención a la presentación correcta de programas políticos y se introducirán acentos morales para insinuar que ciertas políticas sólo podrían ser alcanzadas por gente que sabe lo que es bueno y verdadero. Es evidente que uno puede darse cuenta de este juego, pero el sistema está inmunizado contra ese tipo de observación porque en este nivel (nosotros diríamos: sistémico) no existe otra alternativa: al parecer no hay otra manera de manejar complejidad política. Si se descubriera otra forma esto significaría una verdadera revolución. Al pueblo no le queda más alternativa que resignarse ante las alternativas que se le proponen. 


Bibliografía citada

Rosanvallón, Pierre (2007): La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza. Buenos Aires, Ediciones Manantial.
--(2009): La legitimidad democrática. Imparcialidad, reflexividad, proximidad. Buenos Aires, Ediciones manantial

Torres Nafarrate, Javier (2004): Luhmann: la política como sistema. México, fondo de Cultura Económica

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