Percibo con
frecuencia, sobre todo entre personas pensantes y bien intencionadas, un interés
genuino por perfeccionar instituciones y sistemas que forman parte e influyen
en gran medida en nuestra vida cotidiana; que orientan, a veces expanden, y
otras veces limitan las potencialidades de los individuos que están dentro de
la órbita de esas formaciones tan arraigadas en nuestra cultura.
En concreto,
escucho y leo a menudo que la familia, la escuela y la democracia, en nuestro tiempo,
presentan fallas, fisuras o defectos que no le son consustanciales, sino que
afectan el funcionamiento de esos tres grandes componentes de la estructura y
la sintonía social, por motivos que pueden ser corregidos y razones que, a lo
mejor, son coyunturales y que, haciendo los ajustes correspondientes y
necesarios, cada una en lo suyo puede cumplir sus cometidos y su función de
manera armónica, equilibrada, y para beneficio de todos y cada uno de los
ciudadanos en la democracia, de los alumnos y docentes en la escuela, y de los
padres y los hijos en la familia.
No es
ninguna novedad que el platonismo, con el paso de los siglos caló hondo en la cultura
occidental y, consecuentemente, en la conciencia de una inmensa mayoría de personas,
sin que fuera necesario que cada uno haya leído o sentido nombrar los diálogos
del filósofo griego. Casi sin darnos cuenta se inoculó en la mente individual y
colectiva la presunción de que cada cosa tiene su perfección en una idea a la que hay
que apuntar para conseguir que en la expresión concreta y empírica de lo que
sea se manifieste el bien, la bondad y la belleza que habita en ese mundo inteligible
que alberga y contiene a la esencia ideal de todas las cosas. Por supuesto,
también de la familia, de la escuela y de la democracia.
Y aquí
estamos nosotros penando porque, a pesar de las abundantes muestras de deficiencias
que afectan el funcionamiento de las instituciones que nos ocupan, y de los
efectos cada vez más preocupantes que padecen los miembros y usuarios de todas
y cada una de ellas, muchos especialistas y opinadores en cuestiones políticas
(ni qué decir, los políticos mismos), pedagogos y expertos en cuestiones
familiares siguen abordando los problemas y dificultades de sus propios
territorios amparados bajo la sombra de un platonismo inconsciente del que emerge
la idea de todas las ideas: que la bondad, el bien y la belleza, es decir, los
bienes ontológicos son, no sólo posiblemente alcanzables, sino también necesariamente
realizables.
De todo esto me ocupé en diferentes presentaciones y publicaciones. En cuanto a la democracia alcance con decir aquí que las elecciones permiten montar el escenario en el que se representan los lances verbales entre gobierno y oposición a través de los partidos y los programas políticos confeccionados para la ocasión: “un circo compuesto de marketing y management”, dice Wendy Brown, o un test de popularidad, según la lectura de Luhmann: “la elección política decide entre las personalidades rectoras de unos pocos partidos y así establece que, gracias a procesos previos de selección intrapartidaria, tales pocas personalidades visibles evidenciaron ser las menos incapaces” (con lo alarmante que resulta constatar que la incapacidad de esos menos crece cada vez más, y cada vez más rápido). Pero eso no es todo. Está en el adn de la democracia una doble funcionalidad que no debe interpretarse como una desviación o una deformidad de su esencia. Una de esas funcinalidades es la que ponen en acto quienes lograron ingresar a la política y ocupan cargos electivos o son funcionarios. Para ellos la democracia abre un mundo de negocios, impunidad, cinismo y desfachatez, que está cerrado para el resto. Es una burbuja que funciona sólo para "los elegidos", siempre convenientemente acompañados por el séquito mediático correspondiente. Para los que quedan afuera, es decir para la mayoría, la democracia funciona como una especie de tubo de oxígeno o pulmotor que ayuda a sobrevivir y a ejercitarse en el arte del democrartismo, que no es otra cosa que aspirar a convertir en derechos cualquier deseo que se cruce por una mente individual o colectiva, mientras se subsiste. Según sirva a sus intereses, los del primer grupo sabrán satisfacer las demandas del segundo sabiendo construir en el momento opotuno el punto de encuentro exacto de las dos funcionalidades. Si quisiéramos resumir esto en una fórmula o una sentencia sería algo asi como decir: la democracia es la expresión del cruce tenso o suave, según el momento, de los privilegios políticos con los deseos públicos. Todo lo demás que pueda pensarse o decirse de de la democracia, es puro platonismo.
Podría agregarse de pasada que, en
el caso de su influyente hermana mayor, la economía, desde el último cuarto del siglo XX se produjeron
alteraciones estructurales de una magnitud impresionante que incidieron en el
ordenamiento interno y en el funcionamiento de las sociedades occidentales. Las tres grandes transformaciones que se produjeron, entre otras de menor
impacto, fueron la propensión al riesgo, la estabilización de la
informalidad y la expansión del crimen organizado. Cada una de esas formas
de operar se consolidó como un elemento estable de la dinámica económica de la
época y ya no se las puede abordar como desvíos o anomalías de presuntas formas
ideales que debieran alcanzarse, y prácticas “normales” que
debieran recuperarse.
Respecto de la educación el problema
de los pedagogos, de los funcionarios
y de los especialistas en la materia es pensar que el sistema educativo,
cada vez que exhibe sus fallas, se puede “reparar” modificando lo que salió mal
o no dio resultados. Ya Luhmann había advertido que el mecanismo reparador de
la pedagogía asumió el esquema fracaso-reforma-fracaso-reforma.... y así
indefinidamente. Perfección, formación integral de la persona, capacidad de aprender, inclusión
y equidad, son algunas de las fórmulas fracasadas que componen
las bonitas páginas pedagógicas escritas en el transcurso de la modernidad. Mal que les pese a
los pedagogos, el sistema educativo no tiene arreglo, sencillamente porque no
hay nada que arreglar. El sistema se modifica
y se transforma más rápidamente que nuestra capacidad de asimilación y va en una
dirección que apenas podemos conjeturar. Y eso es todo con lo que contamos.
Y en cuanto a la familia, todas sus
dificultades y patologías nacen de la forma en que se estructura
la comunicación de los integrantes. Nuestra época terminó con las relaciones intrafamiliares
verticales y rígidas y las reemplazó por vínculos entre los componentes del
grupo más libres y desestructurados. En cierto modo esa libertad hizo de las familias
modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Cualquier miembro
de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro
miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que
consultar o pedir permiso. Cada miembro
de la familia tiene su propio umbral de desinhibición porque, al observar que
el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese
potencial se neutraliza mutuamente. Por eso, aunque está a su disposición,
ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe
lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se
expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los
problemas familiares estructurales. Dentro de este marco cada uno cree que
conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo uno empieza a
darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero
claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los
otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás
esperan, porque de esa forma se evitan rispideces. Desde luego, también pasa
que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la
convivencia en huida. Por todas esas cosas, a lo mejor, las familias tienen
cada vez menos hijos, y cuando los tienen no saben muy bien que hacer con ellos.
Y en esa coyuntura, ya sea porque se calla, se evita o se huye, unos y otros
terminan pensando que lo mejor, para todos, es que cada uno tenga su propia
mascota.