Osvaldo Dallera
Mostrando las entradas con la etiqueta escuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta escuela. Mostrar todas las entradas

jueves, abril 03, 2025

Democracia, escuela y familia: en busca de los paraísos perdidos

 

Percibo con frecuencia, sobre todo entre personas pensantes y bien intencionadas, un interés genuino por perfeccionar instituciones y sistemas que forman parte e influyen en gran medida en nuestra vida cotidiana; que orientan, a veces expanden, y otras veces limitan las potencialidades de los individuos que están dentro de la órbita de esas formaciones tan arraigadas en nuestra cultura.

En concreto, escucho y leo a menudo que la familia, la escuela y la democracia, en nuestro tiempo, presentan fallas, fisuras o defectos que no le son consustanciales, sino que afectan el funcionamiento de esos tres grandes componentes de la estructura y la sintonía social, por motivos que pueden ser corregidos y razones que, a lo mejor, son coyunturales y que, haciendo los ajustes correspondientes y necesarios, cada una en lo suyo puede cumplir sus cometidos y su función de manera armónica, equilibrada, y para beneficio de todos y cada uno de los ciudadanos en la democracia, de los alumnos y docentes en la escuela, y de los padres y los hijos en la familia.

No es ninguna novedad que el platonismo, con el paso de los siglos caló hondo en la cultura occidental y, consecuentemente, en la conciencia de una inmensa mayoría de personas, sin que fuera necesario que cada uno haya leído o sentido nombrar los diálogos del filósofo griego. Casi sin darnos cuenta se inoculó en la mente individual y colectiva la presunción de que cada cosa tiene su perfección en una idea a la que hay que apuntar para conseguir que en la expresión concreta y empírica de lo que sea se manifieste el bien, la bondad y la belleza que habita en ese mundo inteligible que alberga y contiene a la esencia ideal de todas las cosas. Por supuesto, también de la familia, de la escuela y de la democracia.

Y aquí estamos nosotros penando porque, a pesar de las abundantes muestras de deficiencias que afectan el funcionamiento de las instituciones que nos ocupan, y de los efectos cada vez más preocupantes que padecen los miembros y usuarios de todas y cada una de ellas, muchos especialistas y opinadores en cuestiones políticas (ni qué decir, los políticos mismos), pedagogos y expertos en cuestiones familiares siguen abordando los problemas y dificultades de sus propios territorios amparados bajo la sombra de un platonismo inconsciente del que emerge la idea de todas las ideas: que la bondad, el bien y la belleza, es decir, los bienes ontológicos son, no sólo posiblemente alcanzables, sino también necesariamente realizables.

De todo esto me ocupé en diferentes presentaciones y publicaciones. En cuanto a la democracia alcance con decir aquí que las elecciones permiten montar el escenario en el que se representan los lances verbales entre gobierno y oposición a través de los partidos y los programas políticos confeccionados para la ocasión: “un circo compuesto de marketing y management”, dice Wendy Brown, o un test de popularidad, según la lectura de Luhmann: “la elección política decide entre las personalidades rectoras de unos pocos partidos y así establece que, gracias a procesos previos de selección intrapartidaria, tales pocas personalidades visibles evidenciaron ser las menos incapaces” (con lo alarmante que resulta constatar que la incapacidad de esos menos crece cada vez más, y cada vez más rápido).  Pero eso no es todo.  Está en el adn de la democracia una doble funcionalidad que no debe interpretarse como una desviación o una deformidad de su esencia. Una de esas funcinalidades es la que ponen en acto quienes lograron ingresar a la política y ocupan cargos electivos o son funcionarios. Para ellos la democracia abre un mundo de negocios, impunidad, cinismo y desfachatez, que está cerrado para el resto. Es una burbuja que funciona sólo para "los elegidos", siempre convenientemente acompañados por el séquito mediático correspondiente. Para los que quedan afuera, es decir para la mayoría, la democracia funciona como una especie de tubo de oxígeno o pulmotor que ayuda a sobrevivir y a ejercitarse en el arte del democrartismo, que no es otra cosa que aspirar a convertir en derechos cualquier deseo que se cruce por una mente individual o colectiva, mientras se subsiste. Según sirva a sus intereses, los del primer grupo sabrán satisfacer las demandas del segundo sabiendo construir en el momento opotuno el punto de encuentro exacto de las dos funcionalidades. Si quisiéramos resumir esto en una fórmula o una sentencia sería algo asi como decir: la democracia es la expresión del cruce tenso o suave, según el momento, de los privilegios políticos con los deseos públicos. Todo lo demás que pueda pensarse o decirse de de la democracia, es puro platonismo.

Podría agregarse de pasada que, en el caso de su influyente hermana mayor, la economía, desde el último cuarto del siglo XX se produjeron alteraciones estructurales de una magnitud impresionante que incidieron en el ordenamiento interno y en el funcionamiento de las sociedades occidentales. Las tres grandes transformaciones que se produjeron, entre otras de menor impacto, fueron la propensión al riesgo, la estabilización de la informalidad y la expansión del crimen organizado. Cada una de esas formas de operar se consolidó como un elemento estable de la dinámica económica de la época y ya no se las puede abordar como desvíos o anomalías de presuntas formas ideales que debieran alcanzarse, y prácticas “normales” que debieran recuperarse. Ninguna de esas transformaciones hubiera podido producirse sin el auxilio prestado por la democracia política en los términos recién apuntados.

Respecto de la educación el problema de los pedagogos, de los funcionarios y de los especialistas en la materia es pensar que el sistema educativo, cada vez que exhibe sus fallas, se puede “reparar” modificando lo que salió mal o no dio resultados. Ya Luhmann había advertido que el mecanismo reparador de la pedagogía asumió el esquema fracaso-reforma-fracaso-reforma.... y así indefinidamente. Perfección, formación integral de la persona, capacidad de aprender, inclusión y equidad, son algunas de las fórmulas fracasadas que componen las bonitas páginas pedagógicas escritas en el transcurso de la modernidad. Mal que les pese a los pedagogos, el sistema educativo no tiene arreglo, sencillamente porque no hay nada que arreglar. El sistema se modifica y se transforma más rápidamente que nuestra capacidad de asimilación y va en una dirección que apenas podemos conjeturar. Y eso es todo con lo que contamos.

Y en cuanto a la familia, todas sus dificultades y patologías nacen de la forma en que se estructura la comunicación de los integrantes. Nuestra época terminó con las relaciones intrafamiliares verticales y rígidas y las reemplazó por vínculos entre los componentes del grupo más libres y desestructurados. En cierto modo esa libertad hizo de las familias modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Cualquier miembro de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que consultar o pedir permiso.  Cada miembro de la familia tiene su propio umbral de desinhibición porque, al observar que el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese potencial se neutraliza mutuamente. Por eso, aunque está a su disposición, ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los problemas familiares estructurales. Dentro de este marco cada uno cree que conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo uno empieza a darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás esperan, porque de esa forma se evitan rispideces. Desde luego, también pasa que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la convivencia en huida. Por todas esas cosas, a lo mejor, las familias tienen cada vez menos hijos, y cuando los tienen no saben muy bien que hacer con ellos. Y en esa coyuntura, ya sea porque se calla, se evita o se huye, unos y otros terminan pensando que lo mejor, para todos, es que cada uno tenga su propia mascota.

 

miércoles, julio 26, 2023

El sistema escolar. La escuela como sistema social

 

El sistema escolar[1]


El origen del sistema escolar como subsistema del sistema educativo

 A partir de comienzos del siglo XIX la educación se organiza bajo el formato de lo que hoy conocemos como escuela y funciona como un subsistema del sistema educativo. Esta diferenciación interna comienza por las prácticas que se llevan a cabo dentro de la escuela. Por ejemplo, aparece la figura del maestro que le tiene que enseñar las mismas cosas a un conjunto de alumnos, mediante técnicas y estrategias adecuadas para lograr ese objetivo (se seleccionan temas para ser enseñados, se ubica a los alumnos dentro de un aula adoptando una determinada disposición espacial, se ejerce el control sobre las conductas mediante recursos disciplinarios, se los divide por edades, se establecen reglas de promoción a cursos superiores, etc.).

El sistema escolar moderno es un sistema parcial de la sociedad. Sus elementos son las comunicaciones que se producen como resultado de las relaciones que mantienen los actores del sistema en sus respectivos roles de alumnos, profesores, padres, maestros, directivos, funcionarios, organizaciones, etc. Así, por ejemplo, un tipo de comunicación que distingue al sistema escolar como subsistema del sistema educativo y de los demás sistemas sociales es la pregunta y la respuesta en el examen, y la devolución del profesor a los alumnos en forma de calificaciones. Cada una de esas comunicaciones genera expectativas que, a su vez, delimitan el universo de comunicaciones posibles que pueden formar parte del sistema.

 La escuela como organización

 Desde la perspectiva sistémica la escuela adquiere el perfil de una organización moderna. Las organizaciones modernas son sistemas que observan (y se observan a sí mismas) y que traducen sus observaciones en decisiones. Dentro de la escuela, como sucede dentro de cualquier organización moderna de la sociedad, se toman decisiones que, en función de las circunstancias que las rodean, siempre aparentan ser decisiones racionales, es decir, medios para alcanzar ciertos fines: se decide enseñar estos contenidos y no aquellos, se decide, bajar los niveles de complejidad y exigencia para favorecer la retención del alumnado y mantenerlo dentro del sistema educativo, etc.

Las organizaciones toman decisiones con el propósito de absorber incertidumbre. Pero, al absorber la incertidumbre mediante la toma de decisiones en el presente, las organizaciones generan riesgos a futuro. Al transformar las incertidumbres en riesgos, lo que se logra es generar nuevos problemas que se desconocen y sobre los cuales deberán recaer nuevas decisiones, que volverán a absorber incertidumbre, transformándolas en nuevos riesgos. De algún modo, esa forma de proceder es lo que explica su supervivencia.[2]

Este modo de entender la escuela cambia por completo el enfoque con respecto a la función social que cumple. En primer lugar, ya no puede ser vista como una organización que realiza objetivos (por ejemplo, pulir a los alumnos, o construir una sociedad más “culta”), sino que hay que entenderla como una organización que busca sus objetivos en función de lo que en cada momento no se sabe. En este sentido, la escuela está ocupada en reformular constantemente la manera en que observa el mundo y la realidad que la circunda con vistas a modificar a cada instante sus objetivos en función de los cambios que experimenta el entorno.

En segundo lugar, la escuela, en principio, parece confiable porque hace siempre lo mismo, funciona de manera rutinaria (por eso absorbe incertidumbre) y reformula una y otra vez sus objetivos. Sin embargo, los resultados sociales que arroja no siempre son los que se esperan de ella. Por eso, la escuela es una organización que reacciona a los propios efectos o resultados que genera. Por ejemplo, como tiene que mantener a la mayor cantidad posible de estudiantes dentro del sistema, entonces, muchas veces acredita que hay alumnos que saben lo que no saben y ese es el precio que paga para que esos alumnos sigan “en carrera”. Pero después tiene que elaborar nuevos objetivos y programas que les permitan, a esos alumnos que siguen estando adentro, justificar la faceta pedagógica y educativa de la escuela. El punto es que esos alumnos que aprobaron sin saber luego salen a incorporarse a otros sistemas de la sociedad “como si supieran”: sus certificaciones se lo permiten. Es en este sentido que decimos que la escuela es una organización que se observa a sí misma y que se construye momento a momento. Los efectos de sus prácticas arrojan sobre ella nueva incertidumbre y eso le exige buscar nuevos objetivos. 

En tercer lugar, la manera en que la escuela se observa a sí misma es a través de la planificación, la programación y la dirección de las operaciones que lleva a cabo (enseña, evalúa, controla, en una palabra, sanciona).  Sin embargo, a pesar de que planifica y controla no puede predeterminar los futuros estados del sistema, ni siquiera las futuras relaciones entre ella y su entorno. Dicho en forma más concreta, haga lo que haga, la escuela no puede decirse a sí misma cómo va a ser ella más adelante, ni tampoco qué va a pasar con las categorías de alumno y profesor, ni con la configuración del sistema educativo en su conjunto (es decir, con su entorno), sencillamente porque no puede controlar los resultados que se desprenden de sus operaciones. Como cualquier otro sistema social, la escuela evoluciona “ciega” ante su propio futuro. Todo lo que puede hacer es dejar que los efectos que se desprenden de sus propias operaciones reingresen a la escuela en forma de nuevos problemas para intentar darles una respuesta mediante la reformulación de sus objetivos y de sus prácticas. Por eso, para la teoría de sistemas las organizaciones como la escuela son nada más que decisiones: a cada instante tienen que decidir qué hacer y cómo, con lo que se les viene encima. Por ahora, el reingreso de los problemas del sistema en el sistema la mantiene viva a ella y al sistema educativo, y eso es lo que cuenta.

 Código, programa y medio de comunicación simbólico del sistema escolar

La escuela como organización hace operativas sus decisiones mediante la aplicación de programas que ejecutan su propio código, y a través de la utilización de su específico medio de comunicación simbólico.  En el caso del sistema educativo el código que lo identifica es mejor/peor y se expresa de dos maneras. Cuando se toma el sistema educativo en su conjunto este código se expresa en la carrera o la trayectoria del estudiante en términos también binarios: seleccionado/excluido. Los seleccionados siguen en carrera, y los excluidos quedan afuera de cualquier circuito que requiera de credenciales educativas para continuar incluido (por ejemplo, continuar estudios universitarios o conseguir empleos que requieren alguna calificación).

Pero el código del sistema educativo no sólo se expresa de manera binaria cuando se analizan trayectorias, sino que también se expresa en la actividad del día a día de los alumnos en los términos binarios aprobado/reprobado. Es obvio que, a la larga, la trayectoria global termina construyéndose sobre la base de muchos aprobados o reprobados. Para diferenciar estas dos formas de expresión que adquiere el código diremos que la expresión seleccionado/excluido se utiliza como código propio del sistema educativo global y la distinción aprobado/reprobado es más propia del subsistema escolar.

Entre los programas que usa el sistema escolar se destacan los exámenes, los trabajos prácticos y cualquier otra técnica evaluativa que sirva para poder poner en acto el código aprobado/reprobado en el orden del aprendizaje de contenidos. Los reglamentos de convivencia, o cualquier otro mecanismo regulador de la disciplina escolar son utilizados para aprobar o desaprobar los comportamientos individuales o colectivos de los estudiantes.

El medio de comunicación simbólico del sistema escolar son las calificaciones (en las evaluaciones y en la convivencia), y la carrera o la trayectoria que exhibe cada uno de nosotros es el medio de comunicación del sistema educativo tomado en su conjunto, cada vez que la sociedad en general u otro sistema parcial de la sociedad requiere que le digamos cómo nos fue mientras lo transitábamos.

 Autorreferencia y heterorreferencia del sistema escolar

Las comunicaciones que se producen dentro del sistema escolar son comunicaciones que hacen referencia a ese sistema y a ningún otro. En este sentido, el sistema escolar es un sistema autorreferente. Observemos este ejemplo. Las calificaciones que los profesores vuelcan en sus libretas o en las actas constituyen una operación que es propia del sistema escolar. Es un requisito del funcionamiento del sistema que los alumnos sean calificados en algún momento por sus profesores, para certificar si progresan o no en sus aprendizajes, si cumplen o no con los objetivos de la escuela, y, por tanto, para dejar constancia de si pasan o no de un curso a otro. Ese es el aspecto autorreferencial del sistema: las notas le sirven al sistema, para mantenerse en funcionamiento. Observemos que se trata de certificar y de dejar constancia, dos requisitos del funcionamiento del sistema, independientes de los aprendizajes de los alumnos. Sin embargo, eso no impide que, por lo general, con esas mismas calificaciones se pretenda hacer referencia a eso que, supuestamente, aprendieron los alumnos y expusieron en sus exámenes, en sus lecciones y en sus comportamientos. Ese es el aspecto heterorreferencial del sistema: en este caso, una comunicación propia del sistema escolar se utiliza para cumplir con otra función que no es la específica de ese sistema. Por ejemplo, se usa la calificación para intentar explicar lo que un alumno supuestamente tiene en su cabeza sobre alguna asignatura. Por supuesto, entre la nota volcada en el acta (la constancia) y lo que se pretende referir con esa nota fuera del sistema escolar (es decir, el aprendizaje del alumno), no hay ninguna relación necesaria ni de correspondencia. El acta puede contener un diez y la cabeza del alumno, en un caso extremo, puede no estar ni siquiera enterada de por qué figura esa calificación entre sus notas.

Así, autorreferencia quiere decir que el sistema escolar produce calificaciones para que los alumnos continúen dentro del sistema para seguir produciendo califica-ciones que luego el sistema eduativo utilizará para confeccionar la trayectoria de cada uno y, de ese modo, cumplir con su función selectiva.

Selección pedagógica y constatación de rendimientos

Como el sistema educativo debe seleccionar a quienes van a integrarse en la sociedad, entonces necesita de algo que le permita justificar esa selección. Por eso la escuela toma exámenes y, en función de lo que cada alumno rinde en esas instancias, pone calificaciones. El rendimiento justifica la selección y la selección legitima la sociedad de rendimientos.

A partir de principios del siglo XIX los exámenes y las calificaciones se vuelven instrumentos de constatación de rendimientos y, por lo tanto, de selección. Para ser seleccionado hay que rendir. La unidad de rendimiento y selección resultó útil para fomentar la creencia de que había una relación de correspondencia entre lo que el alumno realmente había aprendido y lo que quedaba reflejado en sus rendimientos por vía de los exámenes. En suma, el siglo XIX trata el problema de la selección como un problema de exámenes y, consecuentemente, como un problema de rendimiento de los alumnos. A partir de ese momento al problema de distribuir educación de manera igual entre todos, la selección pedagógica le suma la dificultad de tener que constatar los rendimientos de quienes se educan. Este cambio, con respecto a la situación anterior se tomó como una mejora.  Pero este valor no logra desplazar de la conciencia el hecho de que ahora la selección que realiza la escuela reemplaza a la selección natural.

Durante el siglo XX se asienta el intento de salvaguardar la inclusión de toda la población en el sistema educativo, aunque al mismo tiempo se toma conciencia de que en el interior del sistema se produce una selección pedagógica que ahora la lleva a cabo la organización escolar (la escuela) en reemplazo de la selección que antes ejecutaban la naturaleza y el medio social de procedencia. La correlación entre selección y rendimiento es clave y se mantiene más o menos firme.

Instrumentos de selección

Para contribuir a la función social de selección del sistema educativo la escuela se vale de dos subsistemas que le proporcionan los instrumentos necesarios para hacer efectiva esa tarea. Con esos instrumentos va encasillando a los alumnos según su rendimiento hasta imprimirle casi una identidad que es el fruto de las múltiples interacciones que establece con sus docentes.

a.   El subsistema de interacción educativa. El maestro no sólo educa, sino que también selecciona. Y esto no puede ser de otra manera porque el docente debe emitir un juicio sobre el rendimiento de los alumnos y queda claro que ese juicio no puede ser uniforme para todos. Para eso, los recursos más inmediatos con los que cuenta son aquellos que utiliza en sus encuentros (interacciones) con los alumnos y se destacan tres: el examen, las calificaciones y los señalamientos.

El instrumento de selección más potente y explícito dentro de este subsistema educativo es el examen. Según Foucault, el examen aparece, junto con las tácticas disciplinarias, como otra forma de ejercer el control sobre los jóvenes con el propósito de objetivar la transmisión de conocimientos que se da del profesor al alumno. Para Luhmann, además de ejercer una función de control, en los exámenes "se concentra la acción de la selección".

Íntimamente relacionado con el examen, el otro instrumento que utiliza el sistema educativo para seleccionar pedagógicamente a los alumnos son las calificaciones.  Las calificaciones tienen su ámbito de aplicación dentro del salón de clases y evalúan el rendimiento en relación con la exigencia y la experiencia desarrollada en el aula. Fuera de ese espacio su valor informativo es casi nulo.

Las calificaciones constituyen el nexo que vincula la enorme cantidad de evaluaciones por las que pasa un alumno en su tránsito por la escuela, y las certificaciones y acreditaciones que expide la institución. En este sentido ofician como referencia de las decisiones que el sistema escolar toma para definir, por ejemplo, la promoción de un año al otro, la repetición, o la expedición del certificado que acredita la terminación de los estudios.

En un nivel de menor “exactitud” y de mayor ambigüedad, los señalamientos tales como los elogios y las reprensiones funcionan como instrumentos de selección de mayor nivel de generalidad y menor precisión que las calificaciones. Los señalamientos son formas muy generales y amplias de diferenciación.  En general toman la forma de elogios y reprensiones que los profesores les hacen a los alumnos en la interacción continua que presenta el sistema educativo tanto en lo que hace al rendimiento académico como al comportamiento de los alumnos en relación con el código de convivencia de la escuela. En cierto modo los señalamientos orientan las futuras calificaciones y sanciones que el docente utilizará para ubicar a los alumnos en alguna escala de mejor/peor. Muchos señalamientos positivos ayudarán a volcar el valor de una nota dudosa hacia arriba; demasiadas reprensiones demandarán un concepto disciplinario negativo. Los alumnos se van haciendo mejores o peores a través de sus demostraciones de saber (rendimiento académico) y de sus demostraciones de adaptabilidad social (formas de convivencia acordes a los criterios de la institución).

b. Certificaciones y acreditaciones. Con estos instrumentos el sistema escolar recoge el rendimiento diario de los alumnos y lo plasma en certificaciones que finalmente definen, por ejemplo, el pase de un año al otro, la repetición o la posibilidad de ingresar a la universidad.

En efecto, las certificaciones y acreditaciones escolares proceden de manera binaria: aprobó o no aprobó el curso, pasó o no pasó de año, terminó o no terminó el ciclo. Al decir que las acreditaciones y certificaciones son más rigurosas, lo decimos en el sentido de que permiten menos contemplaciones y menos interpretaciones que las que pueden admitir las calificaciones, y no en el sentido de que definen con más precisión la relación entre el certificado y el rendimiento real del alumno. En este sentido, las certificaciones son decisiones que establecen diferencias a nivel de la organización escolar, particularmente el pasar de año, la graduación, y el poder ingresar a la universidad. Es dentro del subsistema escolar donde se plasma el verdadero efecto de selección, porque ya no se documenta tanto a través de las calificaciones, sino a través de los certificados.

En resumen, el sistema escolar acredita sobre la base de la información aportada por los instrumentos de selección utilizados dentro del sistema de enseñanza. En este sentido, existe una gradación en la precisión de los instrumentos que va de menor a mayor.  Así aparecen, en primer lugar, los señalamientos tales como los elogios y las reprensiones que funcionan como los instrumentos de mayor nivel de generalidad y menor precisión. Después aparecen las calificaciones que tienden a ser más precisas y específicas que los señalamientos debido a su capacidad para ser acumulables en el tiempo y a la cantidad de matices que ofrecen con vistas a trazar diferencias en los rendimientos (tanto en los rendimientos del mismo alumno, como también diferencias entre rendimientos de alumnos que, se supone, recibieron la misma enseñanza dentro del aula). A diferencia de los señalamientos, las calificaciones le aportan al proceso de selección un grado mayor de concreción. Por último, las certificaciones y acreditaciones aparecen como el instrumento de selección que ofrece menos margen de movilidad. Son ellas las que definen o cierran un ciclo para abrir otro mediante la expedición de títulos, certificados o impugnaciones que indican la repetición o, en casos extremos, la pérdida de membrecía.

 



[1] Extracto de libro: Dallera, Osvaldo (2020): Sociología de la familia, del sistema educativo y de la escuela. Amazon

[2] Luhmann, Niklas (1997b): Organización y decisión. Autopoiesis, acción y entendimiento comunicativo. España. Universidad Iberoamericana-Anthropos. Pág. 187-188

 

martes, noviembre 03, 2020

Sociología de la familia, del sistema educativo y de la escuela



                     

Para la mirada institucional y tradicional, la familia está compuesta por un conjunto de individuos ligados por sentimientos que se expresan en relaciones más o menos afectivas y en actitudes recíprocas más o menos cálidas o frías, que inciden en el desarrollo psíquico de cada uno de sus integrantes. Desde una perspectiva sistémica la familia, socialmente, está compuesta por las comunicaciones que se producen entre sus miembros y no por los individuos que interactúan en el grupo, como supone la teoría sociológica tradicional.

Si se mira el fenómeno de la educación desde un punto de vista menos individual, más sociológico y más funcional, advertimos que el sistema educativo selecciona a los sujetos que pasan por él, dividiéndolos en mejores y peores, para ofrecérselos luego a otros sistemas sociales (por ejemplo, al sistema económico, o al mercado laboral).

La escuela ofrece tres posibilidades de abordaje diferentes. En primer término, desde un enfoque cultural, dentro de su espacio se establecen contactos entre comunidades de vida y comunidades de sentido de procedencia diversa. En segundo lugar, un encuadre institucional destaca su papel socializador y distribuidor de conocimientos. Por último,  desde el ángulo de la teoría de sistemas, la escuela es una organización moderna al interior de la cual toman impulso las prácticas que necesita el sistema educativo para cumplir con su función social de selección pedagógica.

Índice

Introducción                                                                                                                                 

Primera parte: Sociología de la familia                                                    

1.            La familia como institución y como modelo cultural

2.            Vigencia social de la institución familiar

3.            La familia como sistema                                

Segunda parte: Sociología del sistema educativo                     

1.             Breve introducción a la teoría de sistemas sociales

2.             Origen y diferenciación del sistema educativo Moderno                                                              

3.             El Sistema Educativo como sistema parcial de la sociedad

4.             La función social del sistema educativo

5.             Evolución del sistema educativo moderno               

6.             La pedagogía como reflexión del sistema educativo

7.             Las fórmulas pedagógicas del sistema educativo

Tercera parte: Sociología de la escuela

1.             El enfoque cultural de la escuela                               

2.             La escuela como institución                                         

3.             El enfoque sistémico de la escuela                           

Conclusión



ARGENTINA

Libro en PDF

https://sites.google.com/site/osvaldodallera/producciones-propias/familia-educacion-escuela

 

AMAZON

eBook Kindle

EN LÍNEA 

$ 7,00 USD

ASIN: B08LX8VPT2


Libro de tapa blanda 

EN LÍNEA 

$16,00 USD

ASIN: B08M27XB6Q




lunes, septiembre 19, 2016

La escuela y el sentido común

La escuela y el sentido común

Recuerdo que un profesor de escuela media solía decir en sus clases y en sus discursos a los alumnos que uno de los requisitos de una interacción aceptable entre los actores escolares (por ejemplo la que sostienen profesores y estudiantes) era (y es) el de manejarse con sentido común. Siempre me pareció que defender y alentar el uso del sentido común dentro de la escuela es por lo menos problemático y que esa defensa y esa invitación dentro de las comunidades escolares debería ser revisada.
En efecto, cada persona (alumnos, profesores, padres o directivos) entra a la escuela y circula por ella con dos tipos de creencias que interactúan, se solapan y se entremezclan en cada momento: el sentido común y los saberes. Pero, ¿qué características presentan cada una de estas dos clases de creencias?; ¿de dónde provienen?; por último, ¿qué tratamiento debe darle la escuela a cada una?

El sentido común

El sentido común se adquiere fuera de la escuela pero ingresa en ésta y ocupa un lugar significativo dentro de su funcionamiento. Todos estaremos de acuerdo en que no hace falta ir a la escuela para tener sentido común. Desde este punto de vista, el sentido común es socialmente un verdadero sentido compartido por todos[i]. Es uno de los factores que explica nuestras acciones y se caracteriza por no tener en cuenta los intereses particulares de cada uno ni la coherencia racional de las apreciaciones que surgen a partir de su utilización y aplicación.  
Según Clifford Geertz[ii], el sentido común es un sistema de creencias que permite realizar interpretaciones posibles y aceptables de la experiencia inmediata. El conjunto de esas interpretaciones se configura como un sistema cultural que se construye históricamente, se enseña y se cuestiona.  Según este antropólogo las características distintivas del sentido común son:
a) la naturalidad. El sentido común representa las cosas como obvias, «como si fueran así». Es como si ante la presentación de las cosas y los acontecimientos desde la óptica del sentido común uno debiera preguntarse "¿acaso puede ser de otro modo?"
b) la practicidad. Una persona que usa el sentido común es una persona astuta en este sentido: ante la presentación del asunto lo focaliza de manera práctica, «sin complicarse la vida». Desde el sentido común los problemas se resuelven como los resolvería cualquiera que captara la naturalidad de las cosas, en su mayor superficialidad. 
c) la transparencia. Esta característica del sentido común está ligada a la naturalidad. Los problemas, los acontecimientos, las situaciones y el mundo en general, son vistos como sencillos y reales: «tal como se presentan, así son». Para el sentido común lo latente o el sentido oculto, no cuentan. El mundo es tal como se manifiesta.
d) la asistematicidad. Lo asistemático del sentido común se opone al orden coherente, lógico y abarcativo que el saber escolar pretende imprimirle a los contenidos. El sentido común se expresa para cada ocasión, y en particular. Por eso no está entre sus preocupaciones el mantener una coherencia interna o un orden sistemático entre sus apreciaciones. «Al que madruga Dios lo ayuda», pero «no por mucho madrugar, se amanece más temprano».
e) la accesibilidad. Cuando se mira y se opera desde el sentido común, se presupone que cualquiera, en el lugar de uno, y «en su sano juicio» vería las cosas del mismo modo, llegaría a las mismas conclusiones y, por lo tanto, actuaría de la misma manera.
 En suma, el sentido común nos presenta un mundo «armonioso» y tranquilizador, donde todo tiene respuesta, aun antes de que las preguntas se planteen[iii]. Cuando ponemos en uso el sentido común pensamos el mundo como algo familiar, un mundo que cualquiera puede y podría reconocer. Desde ese lugar pretendemos convertirnos en la expresión de la sensatez y la sabiduría simple, aquella que, supuestamente, toda persona "sensata" y "normal" debe comprender y aceptar.
El sentido común se presenta como lo que subsiste cuando todos los sistemas simbólicos más articulados racionalmente no son comprendidos y parecen no dar respuestas satisfactorias. El sentido común aflora entre los actores de la escuela (profesores, alumnos padres y directivos) cada vez que se desestima el saber y las conquistas más sofisticadas de la razón o cuando éstas parecen no dar respuestas a los problemas y conflictos que se presentan.

Creencias justificadas en razones

El otro tipo de creencias que ingresa a la escuela está compuesto por creencias justificadas en razones. Eso que los pedagogos denominan saberes socialmente significativos. Una razón es aquello que explica para un sujeto la verdad o la probabilidad de su creencia, el fundamento en que basa una creencia, con criterios lógicos. En los procesos de justificación de creencias hay distintos tipos de razones y no todas poseen el mismo peso o el mismo valor; hay razones más débiles y razones más fuertes que otras. No todas las justificaciones que se exponen "valen" lo mismo. Por ejemplo, una razón es algo distinto de un motivo. El motivo puede nacer de hechos o circunstancias que no requieren para su justificación una explicación lógica o un encadenamiento de argumentos.
Entre las razones que utilizamos para justificar las creencias podemos reconocer las razones implícitas, las razones explícitas y las razones de evidencia.
Las razones implícitas de una creencia son aquellas que hacen que el sujeto crea en algo sin que pueda explicar por qué cree. Según Villoro, esas razones, son causales (motivan para creer), inconscientes (son difíciles de explicar o de encontrar) o de principio (son aceptadas sin ponerlas o someterlas a discusión). En cualquier caso, lo que las caracteriza es el hecho de resultarle inaccesibles al mismo sujeto, para hacerlas explícitas. El sentido común, por lo general, sostiene sus posiciones apoyado en este tipo de razones.
Las razones de evidencia están compuestas por el conjunto de hechos observables, verificables y ya conocidos que se utilizan como parte de la justificación de las creencias. En cierto sentido, las razones de evidencia implican, por un lado conocer un hecho, y por el otro conocer que ese hecho hace más probable a esa creencia que a sus alternativas. De aquí se deduce que para justificar una creencia con razones es necesario conocer algo diferente de (y vinculado a) lo creído y que es utilizado por un sujeto o una comunidad, como una razón de evidencia de la validez de su creencia.
Las razones explícitas son todas aquellas que al momento de justificar sus creencias, los sujetos o las comunidades exponen en forma de argumentos. Estas razones junto a las razones de evidencia son las que se consideran necesarias para decir de una creencia que está razonablemente justificada.
Justificar una creencia con razones es encontrar y exponer los mejores argumentos para adoptarla. En líneas generales, justificar una creencia es encontrar otras creencias que, relacionándolas con la que hay que justificar, hacen a ésta verdadera.  ¿Pero cómo hacemos para saber cuáles son las razones más confiables? Según Nozick[iv], las dos reglas generales básicas para adoptar una creencia racional son las siguientes:
Regla 1: No creas h (cualquier hipótesis) si algún enunciado alternativo incompatible con h tiene un valor de credibilidad mayor que el de h.
Regla 2: Cree (un admisible h) si la utilidad esperada de creer h es mayor que la utilidad esperada de no tener creencia alguna sobre h.
Estas reglas se completan con algunos requisitos que dan lugar a la formulación de enunciados que ayudan a especificar el alcance de las mismas.  Uno de esos requisitos tiene que ver con el grado de credibilidad de cada hipótesis existente sobre el asunto. Se supone que es racional creer la hipótesis con más alto grado de credibilidad y que esta gradación varía en función de los contextos. El otro requisito es el que alude a la necesidad de creer no sólo en cada una de las premisas componentes de la hipótesis, tomadas por separado, sino que para que la creencia resulte aceptable es necesario creer en la conjunción de todas las premisas tomadas como si fueran un razonamiento que conduce a un enunciado final que tiene la forma de una conclusión hipotética.
Entendida de esta manera, la justificación supone poner en acto dos operaciones mentales: la reflexión y la inferencia. En primer lugar, la justificación requiere una actividad reflexiva. Sólo hay que justificar aquello sobre lo que nos formulamos preguntas o ponemos en discusión, o sometemos a la consideración de los demás miembros que forman parte de la comunidad a la que pertenecemos. No justificamos lo que ya damos por aceptado o tenemos incorporado como una saber cierto.  Sólo buscamos y presentamos razones cuando pensamos que aquello en lo que creemos puede ser de otra manera.  En segundo lugar, la justificación de una creencia requiere establecer una relación lógica entre enunciados que expresan creencias. Los procesos de justificación parten de creencias que se presentan como razones suficientes para aceptar otras creencias. La relación entre las primeras y las segundas es una relación lógica de inferencia. Los conceptos de razón suficiente y de justificación implican el de inferencia. El saber al que queremos llegar es la conclusión del proceso de justificación en el que las proposiciones que expresan razones suficientes o creencias básicas funcionan como premisas del razonamiento que busca transformar la creencia en un saber justificado.
Según Villoro[v] las condiciones que deben reunir las razones que justifican una creencia para constituir a ésta en un saber son las siguientes:
 a) Juicios de observación. Los juicios de observación expresan datos públicos, accesibles a todos los que se encuentran en condiciones de observar lo mismo. Esta condición supone normalidad en el observador y acceso a la tecnología disponible necesaria para acceder a los datos.
 b) fundamentos teóricos. A las razones que describen observaciones hay que añadir fundamentos teóricos, principios, hipótesis, teorías. Las razones son convincentes para cualquier sujeto que tenga acceso a las mismas razones a que tiene acceso cualquier persona, dado el saber de su época.
 c) esquema conceptual compartido. Los miembros pertenecientes de cada comunidad comparten un esquema conceptual que utilizan para referirse a aquellas cosas o estados del mundo que ya no son puestos en cuestión, que se dan por aceptados y que por su estabilidad, se han constituido en creencias básicas o implícitas que no necesitan justificación dentro de ese ámbito. Esas creencias básicas o implícitas funcionan como razones que ayudan a sostener los argumentos que se exponen para fundamentar nuevas creencias o aquellas que todavía sufren los embates del sentido común.
d) razones incontrovertibles. Son aquellas razones que resultan ser objetivamente suficientes para sostener una creencia como saber. Son incontrovertibles hasta que no aparezcan dentro de la comunidad científica, técnica o académica de la época otras razones que puedan objetar esa creencia como un saber.
Este proceso de justificación debe detenerse en algún momento. La justificación se detiene ante la presencia de razones evidentes, o de creencias básicas implícitas, que por su grado de aceptación ya son aceptadas y conocidas por todos. Queda claro que es imposible acceder en un momento dado a todas las razones existentes y posibles que puedan presentarse acerca de un saber. Si para saber algo necesitáramos considerar todas las alternativas posibles, nunca podríamos estar ciertos de nada. Estaríamos condenados al escepticismo. Ante esta posibilidad de estar siempre en la duda, la mejor opción es aceptar que las razones para saber son relativas a una comunidad científica históricamente determinada. El saber que circula y que se imparte es saber social e históricamente condicionado. No hay otro tipo de saberes y ese saber es el único saber objetivo con el que podemos contar.

Comunidades consensuales y comunidades epistémicas

Podemos reconocer dos grandes ámbitos de procedencia de esos dos tipos de creencias que ingresan a la escuela. Por un lado, las comunidades consensuales y por otro, las comunidades epistémicas. 
Se llaman comunidades consensuales a aquellas comunidades que adhieren a un conjunto de ideas, principios, valores etc., por el consenso que hay entre sus miembros acerca de esas creencias. Las comunidades consensuales son productoras y consumidoras de creencias que en general nosotros adoptamos como formando parte del sentido común. Una creencia consensuada no está necesariamente justificada por razones, ni supone que sea verdadera. Esto quiere decir que adherir por consenso a una idea o a un juicio significa coincidir efectivamente, de hecho, en una creencia, pero no significa que porque esa creencia tenga consenso sea necesariamente verdadera, esté sostenida en buenas razones, o haya sido justificada objetivamente. En pocas palabras, el origen y la procedencia del sentido común están en las comunidades consensuales y se transforma en un sistema cultural que sirve para interpretar y explicar los sucesos de la propia cultura sin más apoyatura que el acuerdo que reina entre sus miembros.
Las comunidades epistémicas son, también, comunidades consensuales, pero lo que las distingue es el tipo de consenso que generan. Esas comunidades son productoras de las creencias que nosotros reconocemos como conocimientos sostenidos en razones. Dentro de este contexto, cuando decimos que sabemos algo es porque creemos que estamos en condiciones de poder justificar con razones lo que pensamos. En este sentido el saber no es una opinión; es, más bien, una creencia justificada en razones. estas comunidades están constituidas por un conjunto de sujetos que está en condiciones de juzgar acerca de la validez (verdad, conveniencia o corrección) de una creencia. Estos sujetos son llamados sujetos epistémicos. Un sujeto epistémico es aquel que tiene acceso a un número determinado de razones y creencias que la comunidad dentro de la cual él se mueve considera objetivamente válidas (verdaderas, convenientes, correctas, bellas, etc.). La escuela o las comunidades de especialistas son comunidades epistémicas con diferentes alcances y funciones, compuestas por sujetos epistémicos pertinentes dentro de cada comunidad. Los científicos son sujetos pertinentes de la comunidad científica y los profesores y los alumnos son sujetos epistémicos pertinentes de la comunidad escolar.

La escuela y los diferentes tipos de creencias

¿Qué hace la escuela con el sentido común y con el saber? ¿Cómo trata a estas creencias diferentes? De estos dos tipos de creencias ¿a cuál de ellas debe privilegiar la escuela? ¿Cómo deben ser las creencias que se adoptan y que deben circular en la escuela? 
La escuela no impide a priori la entrada de cualquier creencia pero les debe exigir a todas pasar por los procesos de justificación con razones (argumentos) que son justamente los procesos que distinguen o que deben distinguir al tratamiento que se les da a las creencias dentro de la escuela, respecto del tratamiento que se les da en otros ámbitos.
Si una persona no va a la escuela es probable que para ella se constituya en una creencia aceptable la que proviene de su comunidad consensual, es decir, el sentido común. Cuando pasa esto las personas no exigen que aquello en lo que creen reúna las condiciones que sí se le exigen a los saberes escolares. Por lo tanto, es posible que no acepte o no le interese considerar como creencias válidas eso que los profesores tienen para enseñar y que proviene de las comunidades epistémicas de su época.
Dentro de la escuela constituye un imperativo moral y epistemológico introducir a los estudiantes en un universo de creencias que sean aceptables por la calidad de los argumentos que las sostienen. Las razones tienen distinto peso, distinta fuerza y  las mejores (las que al final adoptamos como verdaderas, como saberes) son aquellas que presentan las razones y los argumentos más confiables.
Lo que la escuela hace o debería hacer es trabajar para demostrar que lo que el sentido común afirma está sostenido en creencias provenientes de una comunidad consensual que en general no considera las razones propias de una comunidad epistémica (por ejemplo, la comunidad científica). La falta de información, los motivos para creer (intereses, deseos, necesidades, etc.), y los presupuestos ideológicos muchas veces son las causas del mantenimiento de posiciones propias del sentido común. Por el contrario, el acceso a la información y a las razones provenientes de las comunidades epistémicas y la crítica a los presupuestos ideológicos y a los motivos que sustentan las creencias no justificadas por razones siguen siendo las herramientas fundamentales para situarse por encima de la opinión apasionada y los puntos de vista ingenuos y superficiales sobre el mundo, propios del sentido común. Ir a la escuela marca (o debería marcar) la diferencia.





[i]  Cfr. Benasayag, Miguel y Charlton, Edith: Esta dulce certidumbre de lo peor. Para una teoría crítica del compromiso. Ed.  Nueva Visión, Buenos Aires, 1993, páginas 28 y siguientes.
[ii]  Geertz, Clifford: El sentido común como sistema cultural. En Conocimiento Local. Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Ed. Paidós. 1era. Ed. Barcelona, 1994. Páginas 96 y siguientes.
[iii]  Benasayag, Miguel y Charlton, Edith, 1993, página 32.
[iv]  Para una lectura detallada de las reglas formuladas por Nozick, cfr. Nozick, Robert (1995): La naturaleza de la racionalidad. Barcelona, España, Editorial Paidós, páginas 123 y siguientes.
[v] Villoro, Luis: Creer, saber, conocer. Ed. Siglo XXI, 3ra. edición, México, 1986. Páginas 145 y siguientes.