Osvaldo Dallera
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jueves, abril 03, 2025

Democracia, escuela y familia: en busca de los paraísos perdidos

 

Percibo con frecuencia, sobre todo entre personas pensantes y bien intencionadas, un interés genuino por perfeccionar instituciones y sistemas que forman parte e influyen en gran medida en nuestra vida cotidiana; que orientan, a veces expanden, y otras veces limitan las potencialidades de los individuos que están dentro de la órbita de esas formaciones tan arraigadas en nuestra cultura.

En concreto, escucho y leo a menudo que la familia, la escuela y la democracia, en nuestro tiempo, presentan fallas, fisuras o defectos que no le son consustanciales, sino que afectan el funcionamiento de esos tres grandes componentes de la estructura y la sintonía social, por motivos que pueden ser corregidos y razones que, a lo mejor, son coyunturales y que, haciendo los ajustes correspondientes y necesarios, cada una en lo suyo puede cumplir sus cometidos y su función de manera armónica, equilibrada, y para beneficio de todos y cada uno de los ciudadanos en la democracia, de los alumnos y docentes en la escuela, y de los padres y los hijos en la familia.

No es ninguna novedad que el platonismo, con el paso de los siglos caló hondo en la cultura occidental y, consecuentemente, en la conciencia de una inmensa mayoría de personas, sin que fuera necesario que cada uno haya leído o sentido nombrar los diálogos del filósofo griego. Casi sin darnos cuenta se inoculó en la mente individual y colectiva la presunción de que cada cosa tiene su perfección en una idea a la que hay que apuntar para conseguir que en la expresión concreta y empírica de lo que sea se manifieste el bien, la bondad y la belleza que habita en ese mundo inteligible que alberga y contiene a la esencia ideal de todas las cosas. Por supuesto, también de la familia, de la escuela y de la democracia.

Y aquí estamos nosotros penando porque, a pesar de las abundantes muestras de deficiencias que afectan el funcionamiento de las instituciones que nos ocupan, y de los efectos cada vez más preocupantes que padecen los miembros y usuarios de todas y cada una de ellas, muchos especialistas y opinadores en cuestiones políticas (ni qué decir, los políticos mismos), pedagogos y expertos en cuestiones familiares siguen abordando los problemas y dificultades de sus propios territorios amparados bajo la sombra de un platonismo inconsciente del que emerge la idea de todas las ideas: que la bondad, el bien y la belleza, es decir, los bienes ontológicos son, no sólo posiblemente alcanzables, sino también necesariamente realizables.

De todo esto me ocupé en diferentes presentaciones y publicaciones. En cuanto a la democracia alcance con decir aquí que las elecciones permiten montar el escenario en el que se representan los lances verbales entre gobierno y oposición a través de los partidos y los programas políticos confeccionados para la ocasión: “un circo compuesto de marketing y management”, dice Wendy Brown, o un test de popularidad, según la lectura de Luhmann: “la elección política decide entre las personalidades rectoras de unos pocos partidos y así establece que, gracias a procesos previos de selección intrapartidaria, tales pocas personalidades visibles evidenciaron ser las menos incapaces” (con lo alarmante que resulta constatar que la incapacidad de esos menos crece cada vez más, y cada vez más rápido).  Pero eso no es todo.  Está en el adn de la democracia una doble funcionalidad que no debe interpretarse como una desviación o una deformidad de su esencia. Una de esas funcinalidades es la que ponen en acto quienes lograron ingresar a la política y ocupan cargos electivos o son funcionarios. Para ellos la democracia abre un mundo de negocios, impunidad, cinismo y desfachatez, que está cerrado para el resto. Es una burbuja que funciona sólo para "los elegidos", siempre convenientemente acompañados por el séquito mediático correspondiente. Para los que quedan afuera, es decir para la mayoría, la democracia funciona como una especie de tubo de oxígeno o pulmotor que ayuda a sobrevivir y a ejercitarse en el arte del democrartismo, que no es otra cosa que aspirar a convertir en derechos cualquier deseo que se cruce por una mente individual o colectiva, mientras se subsiste. Según sirva a sus intereses, los del primer grupo sabrán satisfacer las demandas del segundo sabiendo construir en el momento opotuno el punto de encuentro exacto de las dos funcionalidades. Si quisiéramos resumir esto en una fórmula o una sentencia sería algo asi como decir: la democracia es la expresión del cruce tenso o suave, según el momento, de los privilegios políticos con los deseos públicos. Todo lo demás que pueda pensarse o decirse de de la democracia, es puro platonismo.

Podría agregarse de pasada que, en el caso de su influyente hermana mayor, la economía, desde el último cuarto del siglo XX se produjeron alteraciones estructurales de una magnitud impresionante que incidieron en el ordenamiento interno y en el funcionamiento de las sociedades occidentales. Las tres grandes transformaciones que se produjeron, entre otras de menor impacto, fueron la propensión al riesgo, la estabilización de la informalidad y la expansión del crimen organizado. Cada una de esas formas de operar se consolidó como un elemento estable de la dinámica económica de la época y ya no se las puede abordar como desvíos o anomalías de presuntas formas ideales que debieran alcanzarse, y prácticas “normales” que debieran recuperarse. Ninguna de esas transformaciones hubiera podido producirse sin el auxilio prestado por la democracia política en los términos recién apuntados.

Respecto de la educación el problema de los pedagogos, de los funcionarios y de los especialistas en la materia es pensar que el sistema educativo, cada vez que exhibe sus fallas, se puede “reparar” modificando lo que salió mal o no dio resultados. Ya Luhmann había advertido que el mecanismo reparador de la pedagogía asumió el esquema fracaso-reforma-fracaso-reforma.... y así indefinidamente. Perfección, formación integral de la persona, capacidad de aprender, inclusión y equidad, son algunas de las fórmulas fracasadas que componen las bonitas páginas pedagógicas escritas en el transcurso de la modernidad. Mal que les pese a los pedagogos, el sistema educativo no tiene arreglo, sencillamente porque no hay nada que arreglar. El sistema se modifica y se transforma más rápidamente que nuestra capacidad de asimilación y va en una dirección que apenas podemos conjeturar. Y eso es todo con lo que contamos.

Y en cuanto a la familia, todas sus dificultades y patologías nacen de la forma en que se estructura la comunicación de los integrantes. Nuestra época terminó con las relaciones intrafamiliares verticales y rígidas y las reemplazó por vínculos entre los componentes del grupo más libres y desestructurados. En cierto modo esa libertad hizo de las familias modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Cualquier miembro de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que consultar o pedir permiso.  Cada miembro de la familia tiene su propio umbral de desinhibición porque, al observar que el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese potencial se neutraliza mutuamente. Por eso, aunque está a su disposición, ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los problemas familiares estructurales. Dentro de este marco cada uno cree que conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo uno empieza a darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás esperan, porque de esa forma se evitan rispideces. Desde luego, también pasa que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la convivencia en huida. Por todas esas cosas, a lo mejor, las familias tienen cada vez menos hijos, y cuando los tienen no saben muy bien que hacer con ellos. Y en esa coyuntura, ya sea porque se calla, se evita o se huye, unos y otros terminan pensando que lo mejor, para todos, es que cada uno tenga su propia mascota.

 

domingo, agosto 22, 2021

“Entre expectativas y decepciones. La sociología política de Niklas Luhm...


Universidad de Guadalajara

Centro Universitario de Ciencias sociales y Humanidades

DEPARTAMENTO DE SOCIOLOGIA

Instituto de Investigaciones Sociológicas

Seminario Internacional de Sistemas sociales, Redes y Complejidad

24-04-2021


Bibliografía de referencia - Disponible en Amazon

Código ebook: B08527M3V1

Código papel, tapa blanda: B0851LLXHQ

viernes, junio 29, 2018

La democracia como llamado a licitación

Estamos en presencia de una configuración distinta de la política. Las funciones del Estado han sido privatizadas. Al hablar de privatización del Estado Beatrice Hibou dice de esta expresión que “traduce los procesos concomitantes de ampliar la participación de intermediarios privados a un número creciente de funciones que antes le correspondían por derecho al Estado, y de una nueva distribución de este último… "[1]
El trabajo de Hibou, por lo menos en nuestro medio, no está suficientemente difundido. Yo creo que uno de los motivos de esta falta de difusión radica en que su investigación ha sido realizada, mayoritariamente en países africanos y claro, nosotros no pertenecemos a ese continente y tal vez, por eso, nos creemos al margen de esta nueva configuración política.
La privatización del Estado es el ejercicio del poder político dependiente, cada vez en mayor medida, de recursos privados. Además de las formas conocidas de privatización de empresas públicas, esta configuración terceriza la mayor parte de las funciones del Estado tradicional: educación, seguridad, regulación, seguridad social, etc. Esta configuración no supone una renuncia al Estado sino una forma de gobernar. El Estado no pierde autoridad o poder; más bien ese poder se ejerce a través de entidades privadas. Dentro de este marco, el Estado no resigna poder pero pierde transparencia. El poder ahora, se ejerce de una forma diferente a como fue pensado dentro del esquema de Estado racional-legal. Dicho de otra forma, el poder del Estado está mediado por agentes privados. Con este formato el Estado no necesita legitimarse ni cargar con el costo de mantenimiento de una administración burocrática. La función económica del mercado se vuelve marginal al perder el control total y directo sobre la economía nacional: “el nuevo orden se explica por imperativos técnicos.”[2]
Dentro de este contexto me parece interesante reflexionar sobre el sentido que cobra la democracia dentro de los estados privatizados. Se me ocurre que una manera de presentar el asunto puede ser apelando a una metáfora sugiriendo que las democracias contemporáneas dejaron de ser una forma de definir la conducción política del Estado para el período que continua a la finalización de un mandato, para convertirse en un llamado a licitación para gestionar el Estado. Según una definición al uso, una licitación es un "sistema por el que se adjudica la realización de una obra o un servicio, generalmente de carácter público, a la persona o empresa que ofrece las mejores condiciones" Siempre hay que considerar las mejores condiciones para quién.
En este nuevo estado de cosas, los programas de los partidos son ofertas que responden a los requisitos del pliego de condiciones. Básicamente, esos requisitos se agrupan en tres grandes categorías: delegación de funciones, protección y descentralización administrativa. Dentro de esta figura, los partidos son las empresas  oferentes, los votantes quienes deciden cuál será la empresa a la que se le entregará la administración del negocio en el próximo período y los funcionarios y políticos los encargados de gestionar e intermediar con clientes, organizaciones, bancos y proveedores. Desde luego, la licitación es abierta, pero las empresas que tienen mejores chances son las que cuentan con mejor posicionamiento en el mercado, no siempre por la calidad de sus servicios o sus precios competitivos sino por sus estrategias publicitarias y su mercadotecnia.
Una vez que se hace cargo, quien gana la licitación acondiciona los ministerios y secretarías en espacios de gestión tercerizados entre prestadoras de servicios que envían en comisión a sus mejores cuadros (CEOS) quienes tendrán a su cargo gerenciar el negocio durante el período que dure la adjudicación según esté definido en el pliego: “el uso de prestanombres, y sobre todo de intermediarios privados, ha sido y es una modalidad del ejercicio del poder”[3].
Así, por ejemplo, el antiguo Poder Judicial es contratado como el nuevo bufete de abogados que tendrá a su cargo la resolución de conflictos jurídicos que se generarán entre el nuevo concesionario, los proveedores, principalmente de servicios pero, sobre todo, con los usuarios que serán los mismos que a la hora de abrir los pliegos se inclinaron por la empresa que ahora tiene a su cargo la empresa.
En estas condiciones del Estado privatizado quien gana la licitación transforma los ministerios en departamentos de la empresa encargados de cumplir con las funciones que tiene a su cargo. Entonces debe contar con un departamento de comunicación y promoción que le asegure una adecuada difusión de su política de servicios. Para eso penetra en los medios masivos de comunicación y las redes sociales con el propósito de legitimar y convalidar sus acciones que serán puestas a evaluación en elecciones de medio término que operan como auditorías.
El ministerio de educación se transforma en un departamento de capacitación y selección pedagógica que actúa en comunión con el departamento de salud, encargado de seleccionar a los más aptos y descartar a quienes no cumplen con los requisitos de la especie que demandan los protocolos que definen los rasgos de pertenencia y membrecía.
El ministerio de economía reúne dentro de su estructura a los departamentos producción y finanzas entre otros, encargado de la elaboración de los productos que reclama el mercado sobre todo el mercado internacional dentro de un régimen de producción “on demand” en los que no se requiere ni infraestructura ni mano de obra como en los tiempos de la modernidad sólida, al decir de Bauman. El departamento de finanzas, por supuesto, se ocupará de la gestión de créditos y mediación con prestamistas y acreedores buscando que, en el momento oportuno, se maximice la distribución de utilidades entre los accionistas de la empresa que ganó la licitación. Para eso, es necesario, como dictan los manuales de la nueva economía que las acciones del Estado privatizado luzcan en alza y confiables a los ojos de las evaluadoras de riesgos.
Para resumir y terminar, en la nueva configuración de Estados privatizados, la democracia se ha convertido en un llamado a licitación en la que el propio Estado prepara el pliego de condiciones para la auto-explotación de sus funciones, las campañas electorales ofician de presentación de ofertas, las elecciones cumplen con la tarea de evaluar las ofertas recibidas y el escrutinio definitivo termina por establecer la adjudicación y la formalización del contrato entre el Estado y la nueva gestión gobernante que, una vez que se hace cargo de la gestión pone en marcha el proceso en el que confluyen la relación público-privado, la tensión permanente entre conflicto y negociación y el ejercicio de gobierno mediante el control indirecto de las funciones del Estado por parte de funcionarios provenientes del sector privado.




[1] Hibou, Beatrice (2013): De la privatización de las economías a la privatización de los Estados. Análisis de la formación continua del Estado. México, fondo de cultura Económica. Página 17.
[2] Ídem., página13.
[3] Ídem., página 76

viernes, mayo 27, 2016

Democracias moderadamente antidemocráticas

¿Y si fuera al revés?
¿Y si desde hace mucho el pensamiento mayoritario fuera el que, entre otras cosas, cree en el derrame económico, acepta un poco de represión para mantener el orden, entiende que las jerarquías sociales son naturales, supone que el problema de la política es moral y que las dificultades sociales se resuelven con más educación?
¿Y si fuera el caso de que hasta ahora decir todo eso era como aceptar que se es de “derecha” y eso era vergonzante porque siempre esa ubicación estuvo asociada a prácticas excesivamente antidemocráticas?
¿Y si luego, por tal motivo ese pensamiento mayoritario se hubiera mantenido oculto?
¿Y si ahora que derecha y democracia hicieron las paces (ciertamente ayudadas por la miopía izquierdista) y la derecha puede salir a la vereda y decirle al “vecino” lo que piensa alegremente y sin culpa?
¿Y si todo eso puede ser dicho y escrito, presentado en sociedad y sometido a la voluntad popular, como parece ser el caso, y luego implementado legítimamente?
¿Y si finalmente ahora que la derecha se hizo democrática puede aceptar sin tapujos que ella es legítima y moderadamente antidemocrática?
¿Y si lentamente la dinámica de ese pensamiento lleva a sostener que la democracia como forma de gobierno es una “pasión inútil”?
¿Y si el círculo se cierra y la democracia determina que lo mejor es que ella sea reemplazada por prácticas (un poco) menos democráticas?
¿Y si razonando de este modo llegamos a la paradoja que afirma que la única democracia viable es la democracia moderadamente antidemocrática?
¿Y si llevando esa especulación al extremo la democracia dejara de necesitarse a sí misma y de ese modo pudiera justificarse su autoeliminación mediante el voto?
¿Y si entonces en las elecciones la población termina votando mayoritariamente que la democracia se vuelva moderadamente antidemocrática?
¿Y si por último todo no fue más que un problema de aceptación social y ahora que eso ya no es problema se puede gritar a viva voz y escribir en las redes que lo más democrático que hay es ser moderadamente antidemocrático?

¿Podría ser, no?

jueves, enero 14, 2016

Democracia periodística-parlamentaria

Desde hace por lo menos veinticinco o treinta años las poblaciones de los países con regímenes democráticos asisten a la discusión interminable de la calidad de los gobiernos de turno. Expresiones en uso tales como legitimidad democrática, deterioro de la calidad institucional, deslegitimación política u otras equivalentes dan cuenta del estado de situación. Yo creo que va siendo hora de empezar a discutir el formato del régimen o si prefieren de forma más explícita, la forma o el estilo de democracia que supimos amasar desde entonces.
La democracia tal como nosotros la experimentamos y, con matices, tal como se implementa en otros países, es una democracia periodística-parlamentaria: el periodismo nos marca el camino (como se dice, fija la agenda), los legisladores mediáticos se convierten en sus voceros y los puestos de decisión política ejecutan todo aquello que, llegado a esa instancia,  ya se da por descontado (algo así como “¿qué otra cosa se podía hacer”?). En nuestra época no debe sorprendernos el protagonismo político de los periodistas y, mucho menos el de los políticos mediáticos (funcionales, en este punto, al proyecto periodístico), mutantes y genuflexos. Recordemos que cuando los sacerdotes eran la expresión de la voluntad de dios los regímenes eran teocráticos, cuando los nobles y las cortes supieron decir lo que los reyes querían escuchar la política se estratificó y ahora, después de un breve período (un siglo) en el que una apuesta por lograr una población masiva y educada ciudadanamente nos hizo pensar que era posible una democracia a secas, los MMC se convirtieron en la voz y la conciencia bienpensante del pueblo, la democracia se volvió periodística e indica lo que los políticos y los ciudadanos tienen que decir primero, y hacer después.
Por eso conviene aclarar que la expresión “parlamentaria” es genérica y quiere decir aquí “hablante” en sentido amplio. Por lo tanto incluye no sólo las sesiones de las legislaturas y los parlamentos (en donde ya sabemos que se habla y mucho), sino también cualquier lugar en donde se debate y discute de política con pretensiones de llegada a la mayor cantidad de gente posible. Así, el parlamento, los paneles televisivos, los programas de radio, e incluso las redes sociales forman parte de este modelo de democracia.
La estrategia más visible de la democracia periodística-parlamentaria es desviar el foco del primado del sistema económico en la vida social contemporánea y orientar la mirada de la población hacia otros sistemas también muy vinculados a la política. La economía sigue siendo, más tarde o más temprano, la que divide aguas en la población a los efectos de acompañar o impugnar las políticas de cada gobierno en esa materia. Sin embargo esta forma de democracia se esfuerza todo lo que puede para torcer la atención de la gente hacia temas y motivos propios de otros sistemas sociales, sobre todo el de la justicia (incluyendo motivos como el estado del aparato represivo, la connivencia entre el poder judicial y los otros poderes del Estado, la lentitud o discrecionalidad de los jueces en el dictado de sentencias, etc.) y el de la moral ( las denuncias de corrupción están a la orden del día y los MMC tienen una habilidad superlativa para amplificar o disminuir su difusión e impacto, según convenga a los intereses que patrocinan).
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la democracia periodística-parlamentaria el sistema político moderno no exhibe ni admite ninguna relación entre justicia, moral y política. Cada una de estas instancias es independiente de las otras dos y se vinculan entre ellas sólo en el orden discursivo (o sea, como palabras que pueden combinarse en alguna oración o dentro de un párrafo), pero que en conjunto carecen de referentes en el entorno. En el mundo real la justicia como concepto encauza las acciones dentro del sistema jurídico (“justicia” es un noción orientadora dentro del ámbito del derecho y sirve para que dentro de ese espacio se dicten sentencias que no necesariamente deben guardar alguna relación con las expectativas de justicia que se generan, por ejemplo, en la población). Hace bastante la moral dejó de ser la herramienta utilizada por alguna autoridad (pero, ¿cuál?) para dictaminar acerca de lo que está bien y lo que está mal y pasó a ser el sistema regulador de las interacciones de aceptación y rechazo entre las personas (piensen, si no, en los últimos años, cuantas relaciones se rompieron o estuvieron (o están) a punto de romperse por pensar diferente). Por último, la política guía la toma de decisiones en función de los intereses que representan los gobiernos de turno y sus relaciones con la justicia y la moral tienen que ver con cosas que se dicen, sobre todo en momentos de campañas electorales o en el repiqueteo cotidiano en los espacios donde se habla de cosas para que la economía no sea la que domine el universo temático de la política.
La táctica de la democracia periodística-parlamentaria en materia política es el “centralismo democrático” pero a derecha e izquierda. El slogan del centralismo democrático, nacido de las organizaciones radicales de izquierda es (o era) más o menos éste: democracia para los nuestros, restricciones para los de afuera. Desde luego, dentro del orden periodístico parlamentario la implementación de esta modalidad no llega a extremos violentos, pero se encubre en formatos institucionales e informativos. En el primer caso quien está en el gobierno hace un uso distorsionado (suponiendo que hubiera una manera políticamente correcta de logar los objetivos propuestos) de mecanismos institucionales y legales para el logro de sus políticas. Por ejemplo, aprovechamiento de las mayorías parlamentarias para sancionar leyes (lo que en Argentina se denominó “escribanía”) o apelación a los atributos constitucionales del poder ejecutivo, como el recurso a los decretos, si las otras fuerzas no acompañan o no se está dispuesto a esperar el resultado de las negociaciones. En el segundo caso se manipula o directamente se oculta información relevante para luego afectar u orientar el curso de las políticas económicas, jurídicas, internacionales o de cualquier otro orden, que se quieren poner en marcha (el caso de las estadísticas oficiales es, tal vez, el más notorio: o se dibujan o se retarda su divulgación siempre con una finalidad ligada a la economía).
En función de este centralismo democrático la democracia periodístico-parlamentaria se constituyó en el régimen político dentro del cual, en el mejor de los casos, la población puede hablar (y esto incluye: opinar, lamentarse en las redes sociales, hacer catarsis por las desventuras propias y ajenas, indignarse, llamar a la solidaridad, etc.), protestar (convocar y asistir a marchas, organizar piquetes, hacer paros sorpresivos, etc.) y votar (bueno, eso ya sabemos lo que es y los resultados que da, si tenemos en cuenta la oferta que el electorado tiene a disposición). Todo eso en ese orden, que es el mismo que en condiciones más funestas se va perdiendo progresivamente: primero se piensa antes de decir algo que pueda resultar inconveniente, después llegan las restricciones y, eventualmente la prohibición del derecho a protestar y, al final, si lo demás no dio resultado, se suprime el voto.
Después de este breve recorrido se comprenderá que esperar mucho más de la democracia periodística-parlamentaria es una ingenuidad que, pese a todo, bien vale la pena conservar a riesgo de vernos de repente sorprendidos por algún “mecanismo institucional” vaya a saber uno de qué tipo (judicial, de mercado, parlamentario o de otro formato aún hoy desconocido), que nos deje en peores condiciones. Por eso, como dije al principio, en lugar de dejarnos arrastrar por el canto de las sirenas o por las propuestas discursivas que nos desvían del que a mi juicio es el verdadero problema estructural de la política moderna, lo mejor que podemos hace es repensar la democracia como forma de gobierno y ver si, en todo caso, un modelo mejor del implementado hasta aquí puede ser posible.
En fin, sabrán perdonarme el exceso de realismo pero también a mí me da mucha pena ver sufrir a mis amigos y amigas cada vez que veo en sus muros, desdibujadas sus expectativas y amplificadas sus decepciones.

miércoles, diciembre 16, 2015

El funcionamiento de la política explicado para facebook

Esta breve nota pretende ser un aporte teórico al debate político "express" que suele pasar por las redes sociales. La idea es aportar algo a la comprensión del funcionamiento de la política contemporánea, pero sin mayores pretensiones. Por eso tiene un cierto grado de abstracción e intenta no identificar a tal o cual actor estructural del sistema con alguno o algunos de los protagonistas concretos de la época (este o aquel partido, tal o cual funcionario, etc.). De modo que un buen ejercicio de lectura consiste en buscar los ejemplos adecuados para confirmar o desmentir la teoría. A nadie le faltará alguno para una cosa o la otra.  Tal vez lo más significativo de este punto de vista es que prescinde del uso de categorías morales para analizar el objeto. Nada original, si uno piensa que ya Maquiavelo nos había hecho notar que la política y la moral se habían divorciado (si es que alguna vez estuvieron casadas o a lo sumo en pareja). Dicho de otro modo, las cosas son como son, independientemente de nuestros gustos o preferencias personales. Para más detalles pueden leer mi libro La era de las decepciones. deslegitimación política, economía ilegal, precariedad laboral y consumismo. 
La teoría de sistemas sociales ofrece una explicación plausible o por lo menos digna de ser atendida acerca del funcionamiento del conjunto de sistemas que componen la sociedad contemporánea. Cada sistema social (la economía, la educación, la justicia, la salud, la política) cumple una función para la sociedad. La función de la política no la puede cumplir ningún otro sistema y consiste en tomar decisiones colectivamente vinculantes, a través de quienes en cada momento ocupan los cargos de la administración, es decir, los funcionarios del gobierno. Y para cumplir con esa función la política cuenta con un medio que es el poder. Definamos "poder" como la capacidad de influenciar en los otros sin necesidad de apelar a recursos coercitivos. Cuando hay que apelar a la "mano dura", por ejemplo, es porque el poder empieza a escasear. 
El nombre con que el sistema político se denomina a sí mismo en nuestra época es "democracia". La democracia es la forma del sistema político moderno en la mayor parte de los países de Occidente. Para que la democracia haga posible el cumplimiento de la función específica del sistema político necesita de tres grandes actores: el gobierno, la oposición y la población, que en épocas de campaña y en las elecciones se transforma en el electorado (los votantes). 
Existen entre estos tres grandes actores distintas relaciones. El gobierno se vincula con el electorado y con la oposición mediante sus decisiones, el electorado con el gobierno y la oposición a través de apoyos o reclamos, pero sobre todo con la protesta y el voto. La oposición se relaciona con el gobierno ejerciendo la crítica y formulándole exigencias y el gobierno contesta con desmentidas y contra-denuncias. La herramienta para sostenerse dentro del ámbito del sistema que regula la relación entre gobierno y oposición es la negociación. 
Una de las maneras de relacionarse que tienen los protagonistas de la política es a través de diferencias. Cada uno de estos actores presenta diferencias internas (es decir, dentro de su propia composición) y externas (o sea, en relación con los otros dos actores). Esas diferencias las usan para llevar adelante sus estrategias políticas dentro del sistema. La diferencia más conocida es izquierda-derecha. Esta diferencia tiene dos características: la primera y principal es que es una diferencia interna del sistema político y no tiene ningún correlato en el mundo externo. Como cualquier otra distinción construye sentido dentro del ámbito en el que resulta funcional. La otra característica tiene que ver con su dimensión: es más grande en el imaginario colectivo que en las prácticas de la política real, pero es muy útil para alimentar los debates y mantener viva la llama del conflicto político, indispensable para el funcionamiento del sistema. La contracara del conflicto es el consenso, otro componente también más voluminoso dentro de las expectativas que en su posibilidades concretas de realización. Conflicto y consenso son, si se quiere, dos grandes excusas que usan el gobierno y la oposición para producir sentido político (=condiciones de entendimiento del funcionamiento de la política) dentro del teatro de operaciones del sistema. 
Estos actores llevan adelante cada uno, de manera predominante, distintos tipos de acciones genéricas: el gobierno a través de sus funcionarios es el que toma las decisiones colectivamente vinculantes, la oposición critica, exige y denuncia y la población reclama, protesta, orienta sus preferencias (apoya o rechaza) hacia el gobierno o la oposición y, periódicamente ejerce el derecho al voto. Dicho de otro modo, fuera de los momentos en que se vota y se transforma en "el electorado", la población se agrupa de manera heterogénea en movimientos sociales o de protesta, o simplemente, mira la televisión, revisa facebook, escribe en twitter y, ocasionalmente, lee el diario. 
Para llevar adelante estas acciones el sistema político, es decir, la democracia, cuenta con tres recursos: la capacidad de decidir (lo que se llama tener poder), la capacidad de expresarse (lo que se llama "libertad de expresión" como capacidad de ejercer la crítica, denunciar, exigir, protestar, etc.) y la capacidad de elegir ( lo que todos conocemos como "votar"). 
En resumen en la democracia, básicamente se hacen dos cosas: se decide y se habla. Es interesante, en esto de hablar, la relación que cada uno de los actores tiene con la libertad de expresión. Es cierto, todos hablan, todos se pueden expresar, pero la fuerza y penetración de lo que se dice no es idéntica: no es igual la potencia de una publicación mía o tuya en facebook que un editorial del diario, la palabra de un político mediático o de un analista político en el horario central de la TV. No es necesario insistir mucho en esto, los MMC juegan un papel si no decisivo o determinante, sí condicionante dentro de esta acción genérica del sistema que denominamos "hablar". Por supuesto, hablar es toda una labor y los partidos o " espacios políticos", como se dice ahora, tienen la función específica de darle trabajo a personas con cualidades especiales para llevar adelante la acción de hablar - por ejemplo, en el parlamento, o en los MMC-) . 
El momento de las elecciones es un momento clave del sistema político contemporáneo por varias razones. La primera y principal es que deja siempre al sistema político en un estado de indeterminación futura, que dinamiza todas y cada una de las cosas que mencionamos: la oposición quiere ser gobierno, el gobierno no quiere dejar el poder, el electorado aprovecha la ocasión de elegir para tomar una decisión colectivamente vinculante (ejerce el poder mediante el voto). La otra razón que hace de las elecciones un momento clave dentro de la democracia es que, en las condiciones actuales, las elecciones funcionan como un "test de popularidad". Por lo tanto todos los que participan quieren ser vistos de la mejor manera y para eso despliegan sus mejores disfraces y sus mejores dotes histriónicas. Por eso, los partidos políticos siempre escogen para poner dentro de sus filas algún que otro artista, deportista o personaje mediático capaz de atraer la atención de alguna parte de la población. 
Este proceso interno del sistema, contado de manera muy simplificada, se repite indefinidamente de manera circular y esto hace que mientras funciona, el sistema se auto-re-produzca: el gobierno tiene que tomar decisiones, todos tienen que seguir hablando y la propia dinámica del sistema hace que el sistema exponga su condición más fundamental y a la vez inquietante: se hace autorreferente. La autorreferencia hace que la política trabaje para su propio sostenimiento. De este modo el sistema político, al llevar adelante sus operaciones para su propia supervivencia, se desvincula de lo que pasa afuera, lo que llamaríamos el mundo real (el problema de las fuentes de trabajo, los problemas medioambientales las vacantes en la educación, el empleo juvenil, la seguridad civil o social, etc.). 
Este carácter autorreferencial de la política presenta dos aristas. Por un lado, limita la capacidad de acción de los actores porque cada uno, en su necesidad por mantenerse dentro del juego y cumplir con sus expectativas está obligado a no desatender lo que hacen los otros dos, y todo eso, para que el futuro lo vuelva a encontrar con chances de seguir participando. Esto, por supuesto, hace que el sistema se haga dinámico y se vaya transformando con sus propias operaciones, mientras funciona. Por otro lado, al estar siempre preocupado por su propio funcionamiento, hace que lo que pasa en el mundo real sea nada más que "la molestia", la "irritación" necesaria para que aparezcan los temas con los que poner en marcha esa maquinaria. Dicho de otro modo, el mundo no es otra cosa que la colección de temas con que el sistema político construye su agenda (la forma en que esto sucede, por supuesto, tiene también su complejidad y en este asunto los MMC tienen un papel destacado). Desde luego, lo que el sistema político hace tiene implicancias en el mundo real, pero esas implicancias son efectos colaterales que oportunamente se visten con el ropaje de aciertos o errores en la gestión, la crítica, la protesta y, en su momento, el voto. 
Además, como la existencia de cada uno de los actores y las relaciones entre ellos es imprescindible para la constitución de la política (no puede concebirse la democracia sin alguno de los tres integrantes, como tampoco puede concebirse sin las relaciones y los vínculos entre ellos), el sistema termina siendo un núcleo indisoluble que obliga a las partes a llevar adelante sus respectivas acciones sin correrse demasiado de lo que las otras dos partes esperan: cada una tiene un ojo puesto en la agenda y el otro en su propia posición. Por eso o para eso la democracia necesita la negociación y los acuerdos como prótesis. Ahora bien, como cada uno está atento a su propio juego sin sacar la mirada de lo que hace y espera el otro, suceden dos cosas: por un lado las negociaciones exitosas logran acuerdos cada vez de más corto plazo a la espera de que un nuevo problema, que surgirá inevitablemente por la imposibilidad natural de controlar todas las variables en cada toma de decisión, los obligue a volver a negociar para un nuevo acuerdo de corto plazo, y así sucesivamente. 
Todo esto explica por qué, fuera de los momentos de campaña para las elecciones, gobierno y oposición terminen pareciéndose demasiado y alternativamente, cuando cada uno ocupa uno u otro rol, termina estando limitado en sus posibilidades de tomar decisiones que se corran demasiado del eje de lo posible para el funcionamiento de la política. Con esto la idea de que la política moderna es capaz de trazar proyectos de largo plazo o, como se dice ahora, políticas de Estado, es más un slogan que una posibilidad cierta de realización. El pragmatismo es el alimento del sistema y cualquier cosa que pueda torcer ese estado de cosas es lo que hoy podría llamarse una revolución en la política, re-significando, eso sí, el uso del término. 
Todo lo demás forma parte del escenario y la ornamentación que sirve para que el sistema despliegue su repertorio y para que nosotros nos mantengamos entretenidos mirando (o participando de) el espectáculo, que a veces adquiere la forma de drama, otras de comedia y, de vez en cuando, de sainete o parodia. Mientras tanto la política funciona y nosotros seguimos atendiendo nuestras necesidades cotidianas, esperando que lleguen otra vez las elecciones para reafirmar nuestras expectativas o enderezar nuestras decepciones.