Osvaldo Dallera
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jueves, abril 03, 2025

Democracia, escuela y familia: en busca de los paraísos perdidos

 

Percibo con frecuencia, sobre todo entre personas pensantes y bien intencionadas, un interés genuino por perfeccionar instituciones y sistemas que forman parte e influyen en gran medida en nuestra vida cotidiana; que orientan, a veces expanden, y otras veces limitan las potencialidades de los individuos que están dentro de la órbita de esas formaciones tan arraigadas en nuestra cultura.

En concreto, escucho y leo a menudo que la familia, la escuela y la democracia, en nuestro tiempo, presentan fallas, fisuras o defectos que no le son consustanciales, sino que afectan el funcionamiento de esos tres grandes componentes de la estructura y la sintonía social, por motivos que pueden ser corregidos y razones que, a lo mejor, son coyunturales y que, haciendo los ajustes correspondientes y necesarios, cada una en lo suyo puede cumplir sus cometidos y su función de manera armónica, equilibrada, y para beneficio de todos y cada uno de los ciudadanos en la democracia, de los alumnos y docentes en la escuela, y de los padres y los hijos en la familia.

No es ninguna novedad que el platonismo, con el paso de los siglos caló hondo en la cultura occidental y, consecuentemente, en la conciencia de una inmensa mayoría de personas, sin que fuera necesario que cada uno haya leído o sentido nombrar los diálogos del filósofo griego. Casi sin darnos cuenta se inoculó en la mente individual y colectiva la presunción de que cada cosa tiene su perfección en una idea a la que hay que apuntar para conseguir que en la expresión concreta y empírica de lo que sea se manifieste el bien, la bondad y la belleza que habita en ese mundo inteligible que alberga y contiene a la esencia ideal de todas las cosas. Por supuesto, también de la familia, de la escuela y de la democracia.

Y aquí estamos nosotros penando porque, a pesar de las abundantes muestras de deficiencias que afectan el funcionamiento de las instituciones que nos ocupan, y de los efectos cada vez más preocupantes que padecen los miembros y usuarios de todas y cada una de ellas, muchos especialistas y opinadores en cuestiones políticas (ni qué decir, los políticos mismos), pedagogos y expertos en cuestiones familiares siguen abordando los problemas y dificultades de sus propios territorios amparados bajo la sombra de un platonismo inconsciente del que emerge la idea de todas las ideas: que la bondad, el bien y la belleza, es decir, los bienes ontológicos son, no sólo posiblemente alcanzables, sino también necesariamente realizables.

De todo esto me ocupé en diferentes presentaciones y publicaciones. En cuanto a la democracia alcance con decir aquí que las elecciones permiten montar el escenario en el que se representan los lances verbales entre gobierno y oposición a través de los partidos y los programas políticos confeccionados para la ocasión: “un circo compuesto de marketing y management”, dice Wendy Brown, o un test de popularidad, según la lectura de Luhmann: “la elección política decide entre las personalidades rectoras de unos pocos partidos y así establece que, gracias a procesos previos de selección intrapartidaria, tales pocas personalidades visibles evidenciaron ser las menos incapaces” (con lo alarmante que resulta constatar que la incapacidad de esos menos crece cada vez más, y cada vez más rápido).  Pero eso no es todo.  Está en el adn de la democracia una doble funcionalidad que no debe interpretarse como una desviación o una deformidad de su esencia. Una de esas funcinalidades es la que ponen en acto quienes lograron ingresar a la política y ocupan cargos electivos o son funcionarios. Para ellos la democracia abre un mundo de negocios, impunidad, cinismo y desfachatez, que está cerrado para el resto. Es una burbuja que funciona sólo para "los elegidos", siempre convenientemente acompañados por el séquito mediático correspondiente. Para los que quedan afuera, es decir para la mayoría, la democracia funciona como una especie de tubo de oxígeno o pulmotor que ayuda a sobrevivir y a ejercitarse en el arte del democrartismo, que no es otra cosa que aspirar a convertir en derechos cualquier deseo que se cruce por una mente individual o colectiva, mientras se subsiste. Según sirva a sus intereses, los del primer grupo sabrán satisfacer las demandas del segundo sabiendo construir en el momento opotuno el punto de encuentro exacto de las dos funcionalidades. Si quisiéramos resumir esto en una fórmula o una sentencia sería algo asi como decir: la democracia es la expresión del cruce tenso o suave, según el momento, de los privilegios políticos con los deseos públicos. Todo lo demás que pueda pensarse o decirse de de la democracia, es puro platonismo.

Podría agregarse de pasada que, en el caso de su influyente hermana mayor, la economía, desde el último cuarto del siglo XX se produjeron alteraciones estructurales de una magnitud impresionante que incidieron en el ordenamiento interno y en el funcionamiento de las sociedades occidentales. Las tres grandes transformaciones que se produjeron, entre otras de menor impacto, fueron la propensión al riesgo, la estabilización de la informalidad y la expansión del crimen organizado. Cada una de esas formas de operar se consolidó como un elemento estable de la dinámica económica de la época y ya no se las puede abordar como desvíos o anomalías de presuntas formas ideales que debieran alcanzarse, y prácticas “normales” que debieran recuperarse. Ninguna de esas transformaciones hubiera podido producirse sin el auxilio prestado por la democracia política en los términos recién apuntados.

Respecto de la educación el problema de los pedagogos, de los funcionarios y de los especialistas en la materia es pensar que el sistema educativo, cada vez que exhibe sus fallas, se puede “reparar” modificando lo que salió mal o no dio resultados. Ya Luhmann había advertido que el mecanismo reparador de la pedagogía asumió el esquema fracaso-reforma-fracaso-reforma.... y así indefinidamente. Perfección, formación integral de la persona, capacidad de aprender, inclusión y equidad, son algunas de las fórmulas fracasadas que componen las bonitas páginas pedagógicas escritas en el transcurso de la modernidad. Mal que les pese a los pedagogos, el sistema educativo no tiene arreglo, sencillamente porque no hay nada que arreglar. El sistema se modifica y se transforma más rápidamente que nuestra capacidad de asimilación y va en una dirección que apenas podemos conjeturar. Y eso es todo con lo que contamos.

Y en cuanto a la familia, todas sus dificultades y patologías nacen de la forma en que se estructura la comunicación de los integrantes. Nuestra época terminó con las relaciones intrafamiliares verticales y rígidas y las reemplazó por vínculos entre los componentes del grupo más libres y desestructurados. En cierto modo esa libertad hizo de las familias modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Cualquier miembro de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que consultar o pedir permiso.  Cada miembro de la familia tiene su propio umbral de desinhibición porque, al observar que el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese potencial se neutraliza mutuamente. Por eso, aunque está a su disposición, ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los problemas familiares estructurales. Dentro de este marco cada uno cree que conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo uno empieza a darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás esperan, porque de esa forma se evitan rispideces. Desde luego, también pasa que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la convivencia en huida. Por todas esas cosas, a lo mejor, las familias tienen cada vez menos hijos, y cuando los tienen no saben muy bien que hacer con ellos. Y en esa coyuntura, ya sea porque se calla, se evita o se huye, unos y otros terminan pensando que lo mejor, para todos, es que cada uno tenga su propia mascota.

 

sábado, julio 29, 2023

La familia como sistema social

La familia como sistema social[1]

 

Desde una perspectiva sistémica las familias se forman como sistemas sociales, es decir, como sistemas de comunicación. Esto significa que la familia, socialmente, está compuesta por las comunicaciones que se producen entre sus miembros y no por los individuos que interactúan en el grupo, como supone la teoría sociológica tradicional. Dicho de otro modo, el componente de una familia es la comunicación producida entre sus integrantes y no cada uno de ellos tomados como individuos psicofísicos. Desde luego, la comunicación familiar presupone la presencia de esos individuos vinculados entre sí, porque de lo contrario no habría comunicación.

La familia es un sistema autónomo, y como tal reúne las propiedades de todos los sistemas sociales. En primer lugar, es un sistema operacionalmente cerrado. Esto quiere decir que la dinámica familiar depende y se alimenta sólo de las comunicaciones que se producen entre los integrantes del grupo familiar. En segundo lugar, las comunicaciones de la familia son autorreferenciales, es decir, son comunicaciones que se generan a partir de otras comunicaciones que circulan en la familia. Esas comunicaciones familiares siempre están ligadas al interés temático momentáneo de quienes forman parte de ella, y de esa forma nace y se reproduce el sistema. En la familia se habla acerca de lo que se habla en la familia y eso genera más comunicación familiar.

¿Qué quiere decir que “en la familia se habla acerca de lo que se habla en la familia”? La comunicación familiar surge de las observaciones que cada uno de sus miembros hace sobre las comunicaciones y las conductas de los otros miembros integrantes. Cada uno observa al otro no sólo en lo que dice o hace, sino también en cómo ese otro observa, es decir, cada uno observa las observaciones del otro dentro de la familia. Cada uno observa lo que el otro dice, pero desde su posición de observador puede captar cosas que los demás no perciben. En esta trama cada uno pone en juego sus observaciones con lo que dice, pero también con lo que calla. Estas observaciones de observaciones se denominan “observaciones de segundo orden”, y se diferencian de las de primer orden en que éstas observan, podríamos decir, los hechos del mundo externo directamente. Si yo miro un partido de fútbol ésa es una observación de primer orden. Si yo leo el comentario o escucho el relato del mismo partido hecho por un periodista, la mía es una observación de segundo orden: estoy observando cómo observaron el partido, el relator y el periodista. Dentro de la familia, la observación de segundo orden es la observación de cada uno de los miembros sobre las observaciones de los demás, acerca de lo que se comunica al interior del grupo familiar.

A los efectos del sistema social familia, todo lo que acontece fuera de ella, pero también el cuerpo y el aparato psíquico de cada uno de los miembros que la integran, forman parte del entorno familiar. Esta es la forma en que los sistemas sociales se reconocen como tales: a partir de la distinción entre sistema y entorno. Todo lo que no forma parte del sistema (es decir, en este caso, todo aquello que no es comunicación interna, dentro de la familia), es entorno. Entorno, en definitiva, es todo aquello que está fuera de los límites del sistema. Esto significa que lo que hacen los miembros de una familia (ponerse en pareja, invertir en una propiedad), tanto interna como externamente (encerrarse en el dormitorio, o pedir una consulta al médico), es exterior a la familia como sistema. Lo social de la familia está en sus comunicaciones y no, por ejemplo, en el dolor de estómago del padre, en el aislamiento del adolescente en su cuarto, o en el examen que aprobó la hermana en la escuela media.  Cada una de esas circunstancias forma parte del entorno familiar, es decir, está afuera y no adentro de la familia. Sólo ingresan a la familia cuando se comunican, es decir, como comunicaciones que pertenecen al sistema.

Pero ¿cómo ingresa todo lo que es exterior a la familia? Esta pregunta equivale a interrogarse por cómo ingresa el entorno al interior del sistema. La respuesta a esta pregunta, según Luhmann, es que la distinción sistema/entorno, aplicada al sistema familia se realiza en personas.[2] Para entender mejor todo esto es imprescindible comprender el significado del concepto “persona” dentro del marco teórico en el que se sostiene la teoría de sistemas sociales. Para la teoría de sistemas sociales una persona es la construcción resultante de una observación hecha por un observador, sobre lo que un individuo dice, expresa y, en general, comunica. En otras palabras, para Luhmann las personas son unidades de imputación de acciones y responsabilidades a partir de sus comunicaciones dentro del sistema social familia[3]. De manera que dentro de esta teoría una persona no es un sujeto, un individuo, digámoslo así, compuesto por un organismo y un sistema psíquico: una persona es la construcción que surge de las observaciones de los demás a partir de lo que un individuo comunica dentro del sistema. Una persona, en pocas palabras, es un artefacto construido a partir de observaciones, y al que se le puede atribuir cualidades al solo efecto de ser utilizado en y para la comunicación.

Así, la familia es un fenómeno social resultante de la distinción de personas (=comunicaciones de cada individuo observadas por los otros miembros del grupo). Con lo que cada miembro comunica dentro del grupo familiar, permite ingresar su propio entorno a la familia. Dicho de otro modo, la forma que tiene el entorno de ingresar a la familia es a través de las personas construidas al interior del sistema a partir de las observaciones que los otros miembros del grupo hacen de las comunicaciones del individuo observado.

De manera que el mundo extrafamiliar ingresa a la familia mediante las observaciones que sus miembros hacen sobre la comunicación acerca de los hechos y las acciones que cada integrante mantiene con su propio mundo exterior y con sus vivencias internas. La madre le cuenta a su esposo y sus hijos que está triste (su vivencia) porque su mejor amiga está enferma (un hecho del mundo exterior). Mediante esa comunicación la madre asume el estatuto de persona a partir de la observación que hacen de su comunicación, el esposo y los hijos, y el entorno de la madre ingresa de ese modo a la familia. Cada integrante receptor de la comunicación observa lo dicho desde su perspectiva. Sólo esto, y no otra cosa, resulta socialmente relevante para la familia. Quien se va de la familia o elige no contar lo que le pasa interrumpe la comunicación familiar y, con ello, desarticula la estructura del sistema.

De esto se desprende que, contrariamente a lo que se supone, la familia no tiene la función de socializar a sus miembros, en el sentido de prepararlos para que en el futuro sepan desenvolverse en los distintos ámbitos y circunstancias sociales por los que deban atravesar. Lo que sí hace la familia es ayudar a sus miembros a ser personas, es decir, a ser capaces de comunicación dentro del grupo familiar, y esto también es incluir a la persona en la sociedad. En este sentido podríamos decir que “…la familia es un sistema parcial que tiene la función de incluir a la persona entera de los participantes en la comunicación”[4]; dicho de otra forma, la función de la familia consiste en hacer que las personas que la componen estén familiarmente incluidas, en tanto y en cuanto esas personas son capaces de comunicación; como ya dijimos, capaces de hacer ingresar el entorno al sistema a través de sus conductas y sus expresiones.

Como vemos, el entorno ingresa a la familia a través de lo que cada uno de sus miembros comunica dentro de ese sistema. Pero también ocurre que el sistema penetra y produce efectos en su entorno. El aparato psíquico de cada integrante de la familia es entorno del sistema familiar porque ni el cuerpo ni el psiquismo de los individuos forman parte del sistema social familia que sólo está integrado por comunicaciones. O, dicho en otros términos, cuerpos y sistemas psíquicos están afuera y no adentro del sistema familia. Por lo tanto, lo que circula como comunicación en la familia, también deja sus huellas en el psiquismo de sus miembros. En efecto, en el juego de observaciones de observaciones y de comunicaciones dentro del sistema familiar se produce otro hecho tan interesante como inquietante: la forma en que esas operaciones familiares ingresan en el aparato psíquico de cada uno de los miembros de la familia.

Dentro de la teoría de sistemas el ensamble de un aparato psíquico con un sistema social se denomina “acoplamiento estructural”. El acoplamiento estructural es el engarce de un sistema social (en este caso el grupo familiar) con un sistema psíquico (el aparato psíquico de cada miembro de la familia), mediante el lenguaje (lo que unos se dicen a otros dentro del grupo). Cuando esto sucede, el sistema psíquico puede distinguir lo que puede afectarlo psíquicamente, y puede manejarlo, de lo que puede ser una afectación social. Pero disponer de esa capacidad requiere de una fortaleza psíquica que no siempre está a disposición del afectado. Quien no puede manejarlo, enferma o termina la relación (se divorcia, se va de casa, etc.). Nuestra época, por suerte hizo uso de la libertad para descomprimir situaciones agobiantes.

En cierto modo esa libertad hizo de las familias modernas “sistemas sociales comunicativamente desinhibidos”. Cualquier miembro de una familia hoy puede decir (casi) cualquier cosa. Puede interpelar a otro miembro, puede hacer sugerencias, incluso también puede obrar sin tener que consultar o pedir permiso. En sus relaciones recíprocas, los miembros de una familia saben que los otros pueden actuar en las mismas condiciones, de modo que para que esta desinhibición no degenere, cada uno mantiene su posición usando la potencial desinhibición de los demás como protección de su propia desinhibición: si ellos pueden (hablar o callar), yo también.  De este modo, y por este motivo, se genera una especie de orden o armonía construida internamente que es propia de cada grupo familiar. Cada miembro de la familia tiene su propio umbral de desinhibición, porque al observar que el otro o los otros también podrían decir o hacer según les plazca, ese potencial se neutraliza mutuamente. Cada uno se cuida bien de lo que dice o lo que calla porque, de esa manera, sabe que los otros también hacen lo mismo y que con ese comportamiento todos resultan funcionales al mantenimiento de la armonía, siempre relativa e inestable, del grupo familiar. Por eso, aunque está a su disposición, ningún miembro utiliza toda la desinhibición de la que es capaz. Cada uno sabe lo que puede y lo que no conviene decir frente a los otros, de tal forma que se expresa, pero al mismo tiempo se guarda lo que a su juicio puede exhibir los problemas familiares estructurales. Como quienes componen el grupo familiar se conocen entre sí lo suficiente, terminan por seleccionar los temas que son comunicativamente viables dentro de la familia y transforman en tabú, o en temas de los que “mejor conviene no hablar”, esas otras cuestiones potencialmente conflictivas. No faltará quienes alberguen expectativas de tiempos más propicios para decir lo que ahora no se puede, pero, también eso, la mayoría de las veces se aplaza indefinidamente.

Dentro de este marco cada uno cree que conoce más o menos bien a todos los demás. Con el paso del tiempo uno empieza a darse cuenta de que los otros no son tan conocidos como nos parecían, pero claro, ya cada cual hizo de sus comunicaciones y de sus conductas para con los otros un estereotipo y entonces todos comienzan a comportarse como los demás esperan, porque de esa forma se evitan rispideces. Desde luego, también pasa que las cosas no sean tan así y la conversación se transforme en pelea y la convivencia en huida. Por eso, esa función inclusiva de la familia, observada desde afuera, puede entenderse como éxito o fracaso sin que en uno u otro caso pierda su condición socializante.

Como resultado de este funcionamiento sistémico la familia exhibe algunas características que conviene destacar. En primer lugar, la familia es un sistema social cuya comunicación está orientada hacia las personas. Al mismo tiempo es un sistema muy sensible a los cambios que se producen en las personas que la integran. Por ejemplo, la planificación familiar o el crecimiento de los hijos son factores que afectan al sistema en su conjunto.

En segundo lugar, los miembros de una familia toman lo que los otros miembros hacen o dicen, como comunicación intrafamiliar producida por el miembro observado a partir de lo que él o ella observaron de los otros miembros. A partir de las observaciones de uno sobre cómo lo observan los otros miembros de la familia, uno actúa en consecuencia.  De este modo, la comunicación familiar funciona como un espejo de observaciones de observaciones. Se advierte de inmediato que esta dinámica incrementa considerablemente la comunicación familiar y produce la propia historia de la familia.

En tercer lugar, la estabilidad y la dinámica del sistema familiar no es el producto de una estructura normativa ni tampoco de un orden negociado. Es, más bien, el resultado de cómo cada miembro observa cómo el otro observa lo que cree que está bien o está mal, y dentro de qué contexto cree una cosa y la otra.  Esto no significa que no hay normas dentro de la familia o que no existan logros en el grupo mediante fórmulas de consenso. Lo que significa es que la estabilidad familiar es consecuencia de la observación de cada miembro a las observaciones de los otros y, por tanto, de la adecuación de la comunicación a esas observaciones de segundo orden (= observaciones de observaciones). De este modo, ninguna familia, en tanto que sistema parcial de la sociedad, es un orden predeterminado por normas o acuerdos sino un sistema dinámico que ajusta sus expectativas a cada instante, en virtud de la observación de segundo orden.

En cuarto lugar, y consecuentemente, la relativa “armonía” familiar no es otra cosa que el orden que construye un observador, en un determinado momento, a partir de las observaciones de las observaciones de los demás sobre lo que ese observador hace o dice. Lo que permite que todo esto suceda es el conocimiento reciproco de las personas (= construcciones para la comunicación) a partir de observaciones.

En resumen, para la sociología sistémica la familia es un fenómeno social cuyo único componente real es la comunicación que, por supuesto, presupone a los miembros que la componen y que dentro del sistema funcionan como personas. Como la familia es un fenómeno social, está sujeta a los condicionamientos y variaciones históricas. En la premodernidad fue un vehículo de integración de los miembros de cada familia con otras familias, con la política y la economía, por lazos hereditarios. En nuestro tiempo esa función y ese mecanismo quedaron relegados, y la familia funciona como sistema de socialización de sus miembros, hacia dentro del propio sistema familiar. Esto significa que las transformaciones sociales producen alteraciones en la estructura familiar. Sólo cuando los avatares de cada uno de sus miembros ingresan a la familia como comunicación, la familia procesa esa información y con ello construye a la persona dándole cabida al interior del sistema.

 



[1] Fragmento del libro: Dallera Osvaldo (2020): Sociología de la familia, del sistema educativo y de la escuela. Amazon

[2] Luhmann, Niklas (2016): Distinciones directrices. Madrid, CIS, Centro de Investigaciones Sociológicas, página 95.

[3] Ídem, página 97

[4] Giancarlo Corsi, Elena Esposito, Claudio Baraldi (1996): Glosario sobre teoría social de Niklas Luhmann. México – Barcelona, coedición Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Editorial Anthropos. Página 82


martes, noviembre 03, 2020

Sociología de la familia, del sistema educativo y de la escuela



                     

Para la mirada institucional y tradicional, la familia está compuesta por un conjunto de individuos ligados por sentimientos que se expresan en relaciones más o menos afectivas y en actitudes recíprocas más o menos cálidas o frías, que inciden en el desarrollo psíquico de cada uno de sus integrantes. Desde una perspectiva sistémica la familia, socialmente, está compuesta por las comunicaciones que se producen entre sus miembros y no por los individuos que interactúan en el grupo, como supone la teoría sociológica tradicional.

Si se mira el fenómeno de la educación desde un punto de vista menos individual, más sociológico y más funcional, advertimos que el sistema educativo selecciona a los sujetos que pasan por él, dividiéndolos en mejores y peores, para ofrecérselos luego a otros sistemas sociales (por ejemplo, al sistema económico, o al mercado laboral).

La escuela ofrece tres posibilidades de abordaje diferentes. En primer término, desde un enfoque cultural, dentro de su espacio se establecen contactos entre comunidades de vida y comunidades de sentido de procedencia diversa. En segundo lugar, un encuadre institucional destaca su papel socializador y distribuidor de conocimientos. Por último,  desde el ángulo de la teoría de sistemas, la escuela es una organización moderna al interior de la cual toman impulso las prácticas que necesita el sistema educativo para cumplir con su función social de selección pedagógica.

Índice

Introducción                                                                                                                                 

Primera parte: Sociología de la familia                                                    

1.            La familia como institución y como modelo cultural

2.            Vigencia social de la institución familiar

3.            La familia como sistema                                

Segunda parte: Sociología del sistema educativo                     

1.             Breve introducción a la teoría de sistemas sociales

2.             Origen y diferenciación del sistema educativo Moderno                                                              

3.             El Sistema Educativo como sistema parcial de la sociedad

4.             La función social del sistema educativo

5.             Evolución del sistema educativo moderno               

6.             La pedagogía como reflexión del sistema educativo

7.             Las fórmulas pedagógicas del sistema educativo

Tercera parte: Sociología de la escuela

1.             El enfoque cultural de la escuela                               

2.             La escuela como institución                                         

3.             El enfoque sistémico de la escuela                           

Conclusión



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