Osvaldo Dallera

domingo, mayo 10, 2026

De corruptos y desquiciados

 Políticos y funcionarios corruptos hubo siempre. Políticos y funcionarios desquiciados no faltaron. Corruptos y desquiciados, eso sí que hay que buscarlos con un poco más de detenimiento.

Desde la antigüedad clásica se supo que el antídoto de la corrupción había que buscarlo en el cultivo de las virtudes. Aristóteles, en el libro I de la Ética nicomáquea, llama virtudes “a los modos de ser elogiables.”, y, en el libro II agrega que el ser humano puede encontrarla en su naturaleza, pero debe “perfeccionarlas mediante la costumbre”. En la Edad Media Tomás de Aquino, en la cuestión 55 de la Suma Teológica dice de las virtudes que “son los hábitos buenos”. Durante la modernidad, el concepto de virtud se transforma y deja de significar lo que significó para la tradición clásica. La obediencia a las reglas se convierte en la virtud clave de la vida moral moderna. Sólo llevará una vida virtuosa quien sea capaz de seguir el conjunto de normas orientadas a comportarse correctamente. Kant, en La Metafísica de las costumbres, sostiene que la virtud es la fuerza moral de la voluntad para cumplir con el deber y resistir las tentaciones. En el siglo XX Alasdair McIntyre, en su libro Tras la virtud, se refiere a ella como el hábito que busca perfeccionar cualquier práctica orientada a la búsqueda del bien, dentro de su ámbito específico (jugar bien al ajedrez, estudiar bien, cuidar bien a los que dependen de nosotros, gobernar, etc.), En otros términos, la virtud de una práctica es, propiamente hablando, su bien, pero no un bien general supremo, sino el bien propio e intransferible de esa práctica. Según MacIntyre, en nuestro tiempo se sigue hablando de las virtudes sin que se las practique. Cualquiera puede decirse prudente, justo, compasivo, solidario, sincero, paciente, u honesto, sin que sus conductas refrenden esas autorreferencias, En este sentido las virtudes son significantes sin referentes. Y, ya se sabe, entre funcionarios y políticos este divorcio se observa con bastante nitidez. Uno podría preguntarse por qué las virtudes dejaron de practicarse. Una respuesta posible podría ser que las virtudes dejaron de practicarse porque, primero, dejaron de cultivarse, fabricarse y distribuirse en las usinas encargadas de fomentarlas, es decir, porque entraron en crisis las instituciones religiosas, las instituciones políticas, las instituciones educativas, y la institución familiar. Pero este es otro cantar.

En cuanto a los desquiciados hay que decir que no resulta tan difícil reconocerlos, porque en ellos salta a la vista la ausencia de la virtud que la antigüedad clásica llamó phronesis y que, desde entonces, se conoce como prudencia o sabiduría práctica. Aristóteles, en su obra Política sostiene que “La única virtud especial exclusiva del mando es la prudencia; todas las demás son igualmente propias de los que obedecen y de los que mandan”. El mismo autor, en Las virtudes y los vicios dice: “Lo propio de la phronesis es el deliberar, el distinguir lo bueno de lo malo, y todo lo preferible y no preferible a la vida, el usar de buen modo todos los bienes que se tienen, el llevar las relaciones correctamente, el tener conciencia del momento oportuno, el usar sagazmente tanto el pensamiento como el obrar, el tener experiencia de todo lo útil”. O sea que, si la phronesis es la virtud principal que debe regir los actos de un político, y si la práctica de esa virtud consiste en las acciones que acabamos de enumerar, se entiende de inmediato que un desquiciado no cumple con ningunos de estos requisitos propios de la sabiduría práctica, porque no delibera, no distingue lo bueno de lo malo relacionado con la vida de los que lo rodean, no usa de buen modo los bienes que tiene, no lleva las relaciones correctamente, no tiene conciencia del momento oportuno, no usa sagazmente el pensamiento y el obrar (o, si lo hace es en su propio beneficio), y no tiene experiencia de lo útil, si no es solamente para él.

En nuestra época podríamos traducir o renombrar esa virtud capital como razonabilidad, y llamar personas razonables a aquellas que poseen y practican esta virtud, como lo hace Philippa Foot en su libro Bondad Natural.  Por lo tanto, el desquicio es el vicio moral e intelectual que impide a las personas ser razonables. Cuando un funcionario o un político es o está desquiciado pone en riesgo la vida buena de todos que es, en definitiva, el fin último al que debe orientar sus acciones quien tiene a su cargo la responsabilidad de velar por el bienestar de la comunidad que le confió esa misión. En otras palabras, el desquiciado, aunque finja o quiera parecer demencia, no está loco; solamente carece de virtud.

jueves, abril 30, 2026

Figura/Fondo

 

Desde Aristóteles sabemos que no hay nada en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos. Así que, mediante nuestra percepción, primero seleccionamos una porción de realidad externa para, posteriormente, distinguir dentro de ese apartado, lo que acapara nuestra atención de aquello otro que quedará relegado como fondo de la composición.

La psicología de la Gestalt introdujo la diferencia figura/fondo como recurso y criterio de selección y abordaje del mundo externo cuando usamos nuestro sentido de la vista para recortar un fragmento de lo que hay, o pasa afuera de nuestras cabezas. Según esta ley, figura será aquello que elegimos privilegiar según nuestro interés, nuestra motivación, o el estado de nuestra predisposición para ver una cosa y no la otra. Por supuesto, esas posiciones perceptivas pueden ser intercambiables, pero nunca simultáneas. No se puede ser figura y fondo al mismo tiempo.

La teoría de sistemas amplió el alcance de la distinción incluyendo la diferencia no sólo en el orden de la percepción sino también a nivel del entendimiento conceptual (la comprensión de un texto, por ejemplo), y en el plano de la comunicación (la capacidad de seguir el hilo de una conversación). Llamó sistema, en cada caso, a la parte de la distinción que goza de organización interna con sentido (objeto reconocido perceptivamente, construcción conceptual comprensible, y encadenamiento discursivo orientado a otros en el intercambio comunicativo). La misma teoría llamará entorno a todo lo demás que queda afuera de cualquiera de esas formas de organización, pero, con posibilidades de adquirir la condición de sistema (es decir, de figura) mediante una nueva observación.

Por lo general, cuando el observador utiliza esa distinción pone el foco en la figura y relega a un segundo plano cualquier cosa que oficie como fondo. Así, ya se trate de un programa de entretenimientos, un espectáculo deportivo, o un acto eleccionario, por lo general la atención recae sobre el conductor del programa, los protagonistas del juego, o los candidatos. Casi nunca, salvo por motivos de estudio o investigación, el observador atiende o se interesa por la composición y las características de los que componen el fondo: los que miran el programa de entretenimiento o están acompañando a los competidores, los espectadores del espectáculo que ocupan las tribunas del estadio, o los potenciales votantes de los candidatos que también son, en última instancia, los que ven los debates, escuchan y leen los comentarios periodísticos, y, al final, asumen el rol de decisores en el único momento social y colectivo que se les concede ese papel.

En cualquier caso, de lo que se trata siempre es de encontrarle el sentido a las cosas, es decir de entender. Y, en ese propósito, la cultura colectiva moderna también se apropia de la distinción figura/fondo para explicar y explicarse el vínculo entre diferentes roles que se complementan entre sí, casi siempre tratando de comprender a la figura desde su propia composición, sus antecedentes, sus cualidades, sus actitudes, y más. No es de extrañar que una sociedad como la nuestra, que enfatiza y privilegia cualquier cosa que se ubique en el primer plano, por cualquier motivo, aproveche esa pauta cultural para amplificar las figuras y hacer casi imperceptible el fondo sobre el cual resalta. Una celebridad o un influencer, de quienes  nunca se sabe bien cuál es su mérito para ostentar la condición de figura, siempre relegarán y le asignarán la condición de fondo a la masa de sus respectivos seguidores.

Y entonces tenemos que el líder, el candidato, el actor, el escritor, el panelista, el notero, la “celebridad” y tantas otras figuras individuales o colectivas presentes en nuestro quehacer cotidiano, parecen explicarse por sí solos (por ejemplo, por su simpatía, su locuacidad, o la voluptuosidad de su figura), sin que, en la configuración del rol de cada uno de ellos, no tuvieran nada que ver las cualidades del pueblo, las condiciones de los votantes, la formación del público, las inquietudes de los lectores, las pretensiones de los televidentes, los atributos de los entrevistados, es decir, la naturaleza de los respectivos fondos sobre los cuales esa figuras muestran todo aquello que, en definitiva, a cada fondo le calza como anillo al dedo.

Por si no quedó suficientemente claro, lo que quiero decir es que, para entender las prominencias socioculturales de nuestro tiempo, de vez en cuando, haríamos bien por empezar a invertir las posiciones y comenzar a mirar los fondos que le corresponden a cada figura, atendiendo a sus rasgos sobresalientes con un poco más de detalle y profundidad. No es que vayamos a modificar nada ni estemos en condiciones de obtener grandes resultados, pero, por lo menos, habremos echado un poco de luz sobre la conciencia de nuestras decepciones.