Políticos y funcionarios corruptos hubo siempre. Políticos y funcionarios desquiciados no faltaron. Corruptos y desquiciados, eso sí que hay que buscarlos con un poco más de detenimiento.
Desde la antigüedad clásica se supo que el antídoto de la corrupción había
que buscarlo en el cultivo de las virtudes. Aristóteles, en el libro I de la Ética nicomáquea,
llama virtudes “a los modos de ser elogiables.”, y, en el libro II agrega que
el ser humano puede encontrarla en su naturaleza, pero debe “perfeccionarlas
mediante la costumbre”. En la Edad Media Tomás de Aquino, en la cuestión 55 de
la Suma Teológica dice de las virtudes que “son los hábitos buenos”.
Durante la modernidad, el concepto de virtud se transforma y deja de significar
lo que significó para la tradición clásica. La obediencia a las reglas se
convierte en la virtud clave de la vida moral moderna. Sólo llevará una vida
virtuosa quien sea capaz de seguir el conjunto de normas orientadas a
comportarse correctamente. Kant, en La Metafísica de las costumbres, sostiene
que la virtud es la fuerza moral de la voluntad para cumplir con el deber y
resistir las tentaciones. En el siglo XX Alasdair McIntyre, en su libro Tras
la virtud, se refiere a ella como el hábito que busca perfeccionar
cualquier práctica orientada a la búsqueda del bien, dentro de su ámbito
específico (jugar bien al ajedrez, estudiar bien, cuidar bien a los que
dependen de nosotros, gobernar, etc.), En otros términos, la virtud de una
práctica es, propiamente hablando, su bien, pero no un bien general supremo,
sino el bien propio e intransferible de esa práctica. Según MacIntyre, en
nuestro tiempo se sigue hablando de las virtudes sin que se las practique.
Cualquiera puede decirse prudente, justo, compasivo, solidario, sincero,
paciente, u honesto, sin que sus conductas refrenden esas autorreferencias, En
este sentido las virtudes son significantes sin referentes. Y, ya se sabe,
entre funcionarios y políticos este divorcio se observa con bastante nitidez. Uno
podría preguntarse por qué las virtudes dejaron de practicarse. Una respuesta
posible podría ser que las virtudes dejaron de practicarse porque, primero,
dejaron de cultivarse, fabricarse y distribuirse en las usinas encargadas de
fomentarlas, es decir, porque entraron en crisis las instituciones religiosas, las
instituciones políticas, las instituciones educativas, y la institución
familiar. Pero este es otro cantar.
En cuanto a los
desquiciados hay que decir que no resulta tan difícil reconocerlos, porque en
ellos salta a la vista la ausencia de la virtud que la antigüedad clásica llamó
phronesis y que, desde entonces, se conoce como prudencia o sabiduría
práctica. Aristóteles, en su obra Política sostiene que “La única virtud
especial exclusiva del mando es la prudencia; todas las demás son igualmente
propias de los que obedecen y de los que mandan”. El mismo autor, en Las
virtudes y los vicios dice: “Lo propio de la phronesis es el deliberar, el
distinguir lo bueno de lo malo, y todo lo preferible y no preferible a la vida,
el usar de buen modo todos los bienes que se tienen, el llevar las relaciones
correctamente, el tener conciencia del momento oportuno, el usar sagazmente
tanto el pensamiento como el obrar, el tener experiencia de todo lo útil”. O
sea que, si la phronesis es la virtud principal que debe regir los actos de un
político, y si la práctica de esa virtud consiste en las acciones que acabamos
de enumerar, se entiende de inmediato que un desquiciado no cumple con ningunos
de estos requisitos propios de la sabiduría práctica, porque no delibera, no
distingue lo bueno de lo malo relacionado con la vida de los que lo rodean, no
usa de buen modo los bienes que tiene, no lleva las relaciones correctamente,
no tiene conciencia del momento oportuno, no usa sagazmente el pensamiento y el
obrar (o, si lo hace es en su propio beneficio), y no tiene experiencia de lo
útil, si no es solamente para él.
En nuestra época
podríamos traducir o renombrar esa virtud capital como razonabilidad, y
llamar personas razonables a aquellas que poseen y practican esta virtud,
como lo hace Philippa Foot en su libro Bondad Natural. Por lo tanto, el desquicio es el vicio moral e
intelectual que impide a las personas ser razonables. Cuando un funcionario o
un político es o está desquiciado pone en riesgo la vida buena de todos que es,
en definitiva, el fin último al que debe orientar sus acciones quien tiene a su
cargo la responsabilidad de velar por el bienestar de la comunidad que le
confió esa misión. En otras palabras, el desquiciado, aunque finja o quiera
parecer demencia, no está loco; solamente carece de virtud.