Desde
Aristóteles sabemos que no hay nada en el intelecto que no haya pasado antes
por los sentidos. Así que, mediante nuestra percepción, primero seleccionamos
una porción de realidad externa para, posteriormente, distinguir dentro de ese
apartado, lo que acapara nuestra atención de aquello otro que quedará relegado
como fondo de la composición.
La
psicología de la Gestalt introdujo la diferencia figura/fondo como
recurso y criterio de selección y abordaje del mundo externo cuando usamos
nuestro sentido de la vista para recortar un fragmento de lo que hay, o pasa
afuera de nuestras cabezas. Según esta ley, figura será aquello que elegimos
privilegiar según nuestro interés, nuestra motivación, o el estado de nuestra
predisposición para ver una cosa y no la otra. Por supuesto, esas posiciones
perceptivas pueden ser intercambiables, pero nunca simultáneas. No se puede ser
figura y fondo al mismo tiempo.
La
teoría de sistemas amplió el alcance de la distinción incluyendo la diferencia
no sólo en el orden de la percepción sino también a nivel del entendimiento
conceptual (la comprensión de un texto, por ejemplo), y en el plano de la
comunicación (la capacidad de seguir el hilo de una conversación). Llamó sistema,
en cada caso, a la parte de la distinción que goza de organización interna con
sentido (objeto reconocido perceptivamente, construcción conceptual comprensible,
y encadenamiento discursivo orientado a otros en el intercambio comunicativo). La
misma teoría llamará entorno a todo lo demás que queda afuera de
cualquiera de esas formas de organización, pero, con posibilidades de adquirir
la condición de sistema (es decir, de figura) mediante una nueva observación.
Por
lo general, cuando el observador utiliza esa distinción pone el foco en la
figura y relega a un segundo plano cualquier cosa que oficie como fondo. Así,
ya se trate de un programa de entretenimientos, un espectáculo deportivo, o un
acto eleccionario, por lo general la atención recae sobre el conductor del
programa, los protagonistas del juego, o los candidatos. Casi nunca, salvo por
motivos de estudio o investigación, el observador atiende o se interesa por la
composición y las características de los que componen el fondo: los que miran
el programa de entretenimiento o están acompañando a los competidores, los
espectadores del espectáculo que ocupan las tribunas del estadio, o los
potenciales votantes de los candidatos que también son, en última instancia,
los que ven los debates, escuchan y leen los comentarios periodísticos, y, al
final, asumen el rol de decisores en el único momento social y colectivo que se
les concede ese papel.
En
cualquier caso, de lo que se trata siempre es de encontrarle el sentido a las
cosas, es decir de entender. Y, en ese propósito, la cultura colectiva moderna también
se apropia de la distinción figura/fondo para explicar y explicarse el vínculo
entre diferentes roles que se complementan entre sí, casi siempre tratando de
comprender a la figura desde su propia composición, sus antecedentes, sus
cualidades, sus actitudes, y más. No es de extrañar que una sociedad como la
nuestra, que enfatiza y privilegia cualquier cosa que se ubique en el primer
plano, por cualquier motivo, aproveche esa pauta cultural para amplificar las
figuras y hacer casi imperceptible el fondo sobre el cual resalta. Una
celebridad o un influencer, de quienes nunca
se sabe bien cuál es su mérito para ostentar la condición de figura, siempre relegarán
y le asignarán la condición de fondo a la masa de sus respectivos seguidores.
Y
entonces tenemos que el líder, el candidato, el actor, el escritor, el
panelista, el notero, la “celebridad” y tantas otras figuras individuales o
colectivas presentes en nuestro quehacer cotidiano, parecen explicarse por sí
solos (por ejemplo, por su simpatía, su locuacidad, o la voluptuosidad de su
figura), sin que, en la configuración del rol de cada uno de ellos, no tuvieran
nada que ver las cualidades del pueblo, las condiciones de los votantes, la
formación del público, las inquietudes de los lectores, las pretensiones de los
televidentes, los atributos de los entrevistados, es decir, la naturaleza de
los respectivos fondos sobre los cuales esa figuras muestran todo aquello que,
en definitiva, a cada fondo le calza como anillo al dedo.
Por
si no quedó suficientemente claro, lo que quiero decir es que, para entender las
prominencias socioculturales de nuestro tiempo, de vez en cuando, haríamos bien
por empezar a invertir las posiciones y comenzar a mirar los fondos que le
corresponden a cada figura, atendiendo a sus rasgos sobresalientes con un poco
más de detalle y profundidad. No es que vayamos a modificar nada ni estemos en
condiciones de obtener grandes resultados, pero, por lo menos, habremos echado
un poco de luz sobre la conciencia de nuestras decepciones.